frank j. miller

Home, horrible home, Missouri → F&I.

c-l0sure:

Niega con la cabeza: ─No… no es malo.─dice, y suspira. Está exagerando, sí, es eso, es solamente su familia… nada del otro mundo. Solamente son dos seres horribles que lo odian con todas sus ganas -y su hermana, que es un ángel-, solamente eso, nada más. Y está con Frank, que significa que le irá mejor que de costumbre. Se mueve un tanto para poder besarle el cuello. Y en un abrir y cerrar de ojos se coloca arriba suyo y aprieta sus labios contra la frente de él, con dulzura.— Bien, ahora hay que repasar un par de puntos ¿vale? Somos demasiadodisfuncionales, así que no te pongas incómodo si de la nada alguien lanza algo al suelo o se escuchan gritos de poseso ¿bien? —niega con la cabeza— Y, no importa que tan mal pueda llegar a saber la comida… tú siempre dile a mi madre que está perfecta. Y sí papá te pregunta sí te gustan los Lakers, por el amor de Dios, di que sí ¿bien? Lo demás… sé solo tú mismo—sonríe, y deposita un corto beso en sus labios, le arregla la camisa y vuelve a su lugar. —, es lo mejor que tienes. Y sí no les gusta, sabes que siempre se puede volver, y ellos son solo mis padres. No importa su opinión.—y bajan del auto. Entonces lo demás ocurre en cámara rápida, muy rápida. Son esos cinco segundos en los que cierran la puerta del auto y se abre la de la entrada a la casa, y de allí salen dos figuras. La mirada de Ian se vuelve hacía esas dos figuras, una un tanto más alta que él, y otra pequeña, menuda y dueña de una hermosa sonrisa. Sonríe a su vez. —Hola, pa.—dice, soltando con delicadeza la mano de Frank, que segundos atrás había tomado, viendo como el hombre se acerca, con una media sonrisa, y estrecha la mano de Frank y él.— Él es, bueno, él es Frank.

Mucho gusto. —emite, con un muy notorio acento sureño.

Ian  suspira y niega con la cabeza, sonriéndole a Miller y agachándose para recoger en brazos al ser más hermoso –después de Frank, naturalmente- que pudo tocar la Tierra y que, desgraciadamente, tiene una cara de puchero que solo logra acentuar sus facciones angelicales.—Te extrañé mucho. —e Ian sonríe, cerrando los ojos y estrechándola contra él con dulzura. Ni si quiera la deja bajar, porque sabe que Kansas Simmons adora con todas sus ganas que su hermano –el único, gracias al Cielo- la tenga allí, como si fuera una princesa… ¿Pero qué dice? Sí la pequeña es la princesa más grande en todo el mundo.

¿Cómo se llama?pregunta, clavando sus ojos oscurísimos en los azules de Miller, como sí, a los seis años, pudiera tener la compenetración suficiente como para saber quién o qué es, y porqué está allí con él. Ian abre los ojos y se  acerca un tanto más a Frank, para que, desde allí, la pequeña le pueda dar un beso en la mejilla como saludo, pero ella se niega y vuelve a mirar a su hermano, mientras el señor Simmons ahoga una risa por la descares de la menor de la familia.

—Frank, se llama Frank.

¿Cómo tu gatito, hermanito?

Sonríe. —Sí, preciosa. —dice, y la vuelve a bajar. Le da un empujoncito. —Entra a casa o te tiro al suelo hasta que se te salgan los ojos. —y contempla, con una sonrisa, el grito y la huída despavorida de Simmons menor, quien sale disparada hacía dentro de la casa. Niega con la cabeza. Entonces mira a Frank, para explicarle el comportamiento tan mezquino que, su hermana, ha decidido tener. —No te preocupes. Se pone así a… a veces… ¿Podemos pasar, papá? —El señor Simmons, que se quedó observando la escena con una media sonrisa en el rostro, asiente con la cabeza y se ofrece a ayudar con el equipaje, a lo que Ian contesta que no, y le dice a Frank que, si quiere, puede entrar. Después abre el compartimiento trasero y saca las valijas.

—Iré a avisarle a tu madre que ya llegaron, vienes ¿Frank?

—Anda, ve, imbécil. —le dice, sonriéndole, y un par de segundos mas tarde él también se encuentra dentro de la casa.

Observa a Ian y a través del parabrisas alternadamente, con  algo de nervios, cuando éste se sube encima, no hay necesidad, claro, pero es él rubio y en tanto a hacer lo que se le de la gana estemos hablando, es el jodido rey. Los cristales de las ventanas frontales están pintados en un color oscuro que pareciera más bien para el automóvil de un famoso o celebridad, pero no para un hacker de un pueblo perdido en medio de la nada, de todos modos lo agradece ya que son mucho más que oportunos. Oye lo que Ian tiene para decir y asiente ante todo, reiterándose que deberá dejar de lado su aferrado odio por los Lakers a menos que quiera morir ahorcado por un Simmons, él, que tanto tiempo ha sobrevivido al que, cree, es el más peligroso de ellos. Cuando Ian sale y lo arrastra con él, todavía lo lleva tomado de la mano, situación que cambia por completo cuando el padre del rubio aparece. En ese momento no puede evitar la contradicción de querer que la piel suave del rubio continúe en contacto con la suya por el resto de su vida, pero no dice nada, no es el momento, ni el lugar… ni nada. El patriarca se acerca a ambos y el ojiazul estira la mano hacia él sin dudar ni un segundo, si algo le quedó de su padre y su alta moral y costumbres, es que la primera impresión de un hombre es su saludo, y si este es débil significa sumisión. ¿Estúpido? Sí, su padre solía decir cosas semejantes todo el tiempo. – Un gusto –comenta y luego de acabar la presentación, observa a Ian, que sostiene en brazos a una niña–. Déjala, no hace falta… –continúa, cuando el heredero mayor de los Simmons intenta que la pequeña lo salude. Entonces no, no se siente preparado para entrar solo a la casa ajena que tanto le aterra, pero ¿qué más da ahora? Se interna junto con el señor Simmons dentro de la pequeña pero no menos acogedora casita, observando, para nada juzgadoramente, cada aspecto del lugar. Es una casa que parece de verdad, de colores cálidos y fotografías familiares en las paredes, que le regalan a todo una vista realmente agradable. Todo el contrario de su casa en Florida, demasiado fría y frívola, que no ofrece ningún tipo de calidez de hogar, donde había siempre tanto orden y silencio que ni parecía una casa donde habitaran dos niños de edad temprana.

Qué gran coche tienes Frank” dice el señor Simmons, echando un vistazo al joven por encima del hombro, a lo que Frankie devuelve su vista a él. ─ Gracias, señor ─asiente, y el hombre pregunta si el “cacharro” es nuevo─. Sí, lo es… por cierto, que linda casa tiene ─comenta, luego de carraspear inaudiblemente para quitarse algo del pánico escénico que le corre por las venas. “Qué raro que te guste, no pareces de esos acostumbrados a la humildad de un pueblo pequeño, te ves más bien como el tío drogadicto y cagado en dólares, con todo respeto…” comienza el padre de Ian, dejando a Frank con actitud sorprendida y el ceño fruncido, le consterna profundamente el hecho de que alguien lo conozca tan bien sin hacerlo en realidad: “Pero las apariencias engañan, ¿verdad? Gracias por tus halagos, Frank.” Ingresan, entonces, en una sala pequeña donde una mujer de cabello rubio y corto los recibe con una sonrisa enorme. Ha olvidado la última vez que alguien lo recibió con semejante calidez en su hogar. “Tú eres ese Frank eh, ¡Ian! No me habías dicho que era tan guapo, ¿cómo estás cariño? ¿El viaje estuvo bien? ¡Niña bájate de ahí! Siéntate Frank, estás en tu casa.” Oh, no, por supuesto que no está en su casa, está en el polo opuesto a esta última, y en realidad no le molesta para nada. La mujer a medias lo obliga a sentarse en una de las sillas que rodean la inmensa mesa de la sala principal de la casa y comienza con una especie de interrogatorio al que Frank contesta abiertamente con “sí, no, claro” y “gracias”. “Bueno cariño, iré a terminar la cena… Billie, ayúdame” y desaparecen todos detrás de la puerta de la cocina, mientras eleva los ojos recorriendo las fotografías gastadas en las paredes de un niño rubio el cual jamás tendría pesadillas acerca de terminar como eventualmente lo hizo. Vuelve la vista sobre el hombro al atisbar a Ian entrando con las mochilas de ambos en las manos, un cigarro en los labios al mejor estilo James Dean y el ceño fruncido. Se nota a leguas de distancia que no tiene ni la más puta gana de estar en el lugar en que se encuentran. Sonríe y se pone de pie, tomando de las manos de Ian los equipajes y, luego, toma el cigarro de entre sus labios para acercarse a la puerta principal abierta y dar una larga calada, lo lanza al suelo y lo apaga. ─ No estoy del todo asustado ─susurra, acercándose a Ian y dándole un empujoncito en el hombro─. No son tan malos. Cambia la puta cara Simmons ─sonríe y oye a la madre de Ian llamándolos a cenar.

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c-l0sure:

Lo único que te pido… es que si te vuelves a ir, me lleves contigo. Y ya han pasado ¿cuántas horas? Varias, no importa, han pasado varias horas desde que lo dijo, y ¿qué importa? Todavía sigue teniendo esa frase en su mente, clavada allí, aprisionada como si de un mantra se tratara. Porque sí, ahora ya lo da como sentado; sí se llega a ir -a Missouri, a California, Nevada, Alaska, Islandia, Italia, a donde sea- se irá con él. Es una promesa… no lo dejará. No, porque ya lo hizo una vez, ¿y saben qué? Fue como morir, sí, así mismo se ve. Fue como morir y no encontrar la forma de llegar otra vez. Su misma madre se lo dijo ‘te ves para la mierda ¿qué diablos te pasa, Ian? Tienes mas de muerto…’ y ahí dejó la frase, volando en el aire, sin llegar a ningún lugar, como Ian cuando fue allí, ¿para qué mierda lo hizo, sí de todos modos iba a seguir siendo lo mismo, todo lo mismo? La misma basura que vivió antes de ir a Rainwood por primera vez, lo que data de hace más de un año. Sí, porque la ciudad y algunos de sus habitantes -vuelve a pasar la mirada al castaño- se han tomado parte de su cariño. Y de todos modos, lo único que lo ataría a volver al pequeño lugar que llama ‘casa’ -más porque allí se efectuó su natalicio que por otra cosa- es su hermana. Sí, esa pequeña es lo único… Toma un trago del whisky, que lentamente baja por su garganta, quemando como el fuego mismo. Mientras tanto Frank está allí, hablando acerca de que tiene sueño, y solamente levanta la vista cuando se toca la palabra ‘cama’. ─Vale, maricón, vamos a dormir.─dice, dándole el último trago al vaso y dejándolo a un lado del sillón. Toma la mochila y, después de Frank, sube las escaleras. Y Frank le dice donde está el cuarto de huéspedes, en la otra esquina del pasillo. Ian asiente con la cabeza, diciendo un ‘gracias’ marchito, camina hacía la puerta y ahí se queda, medio helado, con la mano apoyada en el picaporte y los ojos oscuros clavados en la figura de Frank. ─Buenas noches, Frankie… ─ y desaparece tras la puerta, tira la mochila del otro lado de la cama y, su cuerpo, cae como si fuera una bolsa de cien toneladas contra el colchón. Se siente frustrado, muy frustrado ¿Por qué razones? No está muy seguro de eso, pero ¿nunca te ha sucedido? Da un par de vueltas en la cama, aunque no sabe si pueda dormir… Últimamente su sueño está tomándose vacaciones, y la única forma en la que puede llegar a dormir es poniéndose en cuarentena, con las puertas cerradas y ningún sonido que provenga de los seres humanos de afuera, nada más que el CD de Bleach o Incesticide sonando lo suficientemente bajo para parecerse más a una canción de cuna que otra cosa. Da un par de vueltas y… no. No va a dormir. 

Abre la puerta de la habitación de Frank, con la almohada que hasta hace un rato estaba en su cama ahora en sus manos, que tiene las luces apagadas, y  esboza una sonrisa dulce en el rostro. Quizás ya esté durmiendo, siendo mecido por los brazos de Morfeo en un mundo que, seguro, es mejor que este… ─ ¿Sigues despierto? ─pregunta en voz muy baja y, al no obtener respuestas, se acomoda, muy lentamente y procurando no hacer ruido, frente a Frank. Podría estar así por horas ¿saben? Y aunque suene completamente obsesivo-psicópata, podría hacerlo. Porque se ve tan apaciguado, con los ojos cerrados, tan en paz consigo mismo… Cosa que, en realidad, no sucede, porque sabe que la mente de Frank es un torbellino que él, Simmons, jamás podrá entender por completo, pero siempre -y repito, siempre- lo intentará. Y ahora se ve en paz, como dije antes, y es hermoso, hermoso. Busca su mano y la toma, con dulzura. Apoya su cabeza en el pecho de Frank y cierra los ojos. Quizás así pueda dormir, con él… Siente sus latidos contra su oído, y vuelve a sonreír, alejándose otra vez, ahora apoyando la cabeza en la almohada que trajo desde el otro cuarto. No suelta la mano de Miller, es más, acaricia el dorso de esta. Y así permanece, no sabe cuanto tiempo, hasta que, finalmente, sus ojos se vuelven a abrir. No es de día aún, eso lo sabe, porque la habitación sigue igual de oscura que antes. ─Despierta─dice, y, ¿qué carajos?, ve los párpados de Frank -que seguro cayeron hace un rato, cansados- abriéndose lentamente. Sonríe ¿puede amarlo? ─. ¿Estuviste dormido todo este tiempo o solamente fingías?─.

Y no suelta su mano, es más… Acerca sus labios a él, con suma lentitud, y le besa… Le besa. A aquél ser de manos pálidas que le recuerda que todos llegamos aquí por alguna razón en especial, por ‘alguien’ en especial. Que quizás nació para él, tal vez no para estar juntos, pero si para el otro. Que aunque no existe nfinales felices, y menos para alguien como Ian, hay una personita allí, en el horrible planeta Tierra, que te hace querer inventarlos. Darles forma y hacerlos existir. Solamente para tener uno con él. Y ahora ve que irse tampoco estuvo tan mal, porque si no ese beso no se efectuaría con tal pasión, que solo alimenta la necesidad de fundirse en uno solo. De poder, entre los dos, volverse un solo ente, mezclado con el éter, sucumbiendo a un placer que habita en la naturaleza del ser humano, a traer las galaxias y las estrellas a donde radican. En resumidas palabras: Hacerle el amor. Un pedacito de cielo en un dormitorio, una caricia a la piel desnuda del ser imperfecto que permanece a tu lado. ¿Cómo será tener la suerte de hacer el amor con Miller? ¿De saber qué, aunque sea por una noche, nacieron para ese momento? No es la primera vez que se lo pregunta. No lo ve como un anhelo, sino como algo más que una necesidad. La demostración física de que la unión entre ambos seres se ha constituido finalmente. Necesidad de compartir un ínfimo instante donde las palabras pasen a un segundo plano. Donde una leve caricia a las mejillas o un rasguño quizás no tan leve en la espalda signifiquen un ‘te quiero’ y un ‘te deseo a morir’. Compartir un momento con alguien tan maravilloso. Alguien como Frank. Sentir el placer, el afecto y un tanto de dolor hasta en el último átomo que constituya tu ser. Sentirlo a él, los latidos sincronizados… Todo lo que desea y, quizás, mas de lo que pueda. Y ve la expresión, ahora contrariada, de Miller, qué no tiene ni idea de lo que puede hacer ahora. Ian sonríe, le sonríe, al chico que no tiene ni idea de lo que, en estos últimos instantes, el rubio ha estado sintiendo. Porque sí, es un sentir, como dije antes, una necesidad. ¿Algún día podrá tener una oportunidad? ¿La oportunidad de besarlo y no tener que obligarse a pedir disculpas? ¿Una opotunidad con él? ¿De estar juntos, de hacerlo suyo? Suspira, y se pasa una mano por los cabellos.

Se pone de pie, luego de apagar el cigarrillo en el cenicero de cristal y sube las escaleras pensando en por qué no puede decirle que duerma con él, repitiéndose las razones inexistentes una y otra vez en su cabeza, por fin se deja vencer por la resignación y le señala la habitación de huéspedes más cercana, porque probablemente pudiera haberlo enviado a la más lejana, pero ha recuperado los latidos de su corazón que, sincronizados con los de Ian, en el momento de su partida se hubieran ido apagando lentamente. Porque al alejarse sus corazones, el fino hilo de plata que los une con un límite difuso, se vuelve tirante, como si se resintiera por tanto odio y no quisiera permitir que sus corazones palpiten ya más. Es en ese momento cuando, después de que Ian desaparezca tras la puerta de la otra habitación, él se da un momento para observar el espacio vacío que la materia que conforma el cuerpo del rubio ha dejado atrás. Cierra los ojos e inspira profundamente, han dormido juntos ya en varias oportunidades, sea juntos por no poder moverse de tanto alcohol o juntos en el mismo espacio, pero en diferentes habitaciones: hoy, será de esas oportunidades en que queriendo dormir en una sola cama, dormirán separados… o quizás no duerman, simplemente se desvelen toda la noche y por la mañana, ante la pregunta de ‘¿Dormiste bien?’ simplemente mientan. Abre la puerta de su habitación y se quita la camiseta, dejándola a los pies de la cama al recostarse pacíficamente sobre el lecho, como si nada lo atormentara, como si ningún demonio lo asediara día y noche. Se recuesta y cierra los ojos para poder descasar un poco, porque conoce perfectamente esa rutina que interpreta sin querer día a día: se acuesta, cierra los ojos y espera a las cinco de la mañana para poder dormir aunque sea, una hora. Pero entonces, entre la modorra de sus pastillas para conciliar el sueño, oye una voz. Otra voz, que no puede identificar, ni tampoco Morfeo le permite despejar sus ojos azules para poder observar lo que cree tener enfrente de sí Solo permite que se deje caer a su lado, que le tome la mano y su corazón casi explota de emoción cuando deja reposar la cabecita rubia en su pecho. Mueve ligeramente la mano para acercarla al cabello de Ian y hacerle una levísima caricia, de la cual el interpelado no parece caer en la cuenta. Pasa el tiempo, puede que sean segundos, minutos e incluso horas, aunque para éstas últimas debiera haber amanecido. Perder trágicamente la noción del tiempo es algo que él hace muy seguido, inundado por recuerdos anhelantes de tiempos mejores o pensamientos que lo condenan. Pero, en realidad, siempre consciente de un hecho en particular, que ha llegado junto a la calidez, junto al fluir de su sangre de nuevo, por sus venas anteriormente congeladas y que pretendería que dure por siempre: la mano de Ian aferrando la suya, levemente bañada en sudor, seña de nervios quizás. Y todavía no encuentra el motivo de que pudiera hallarse ansioso, ¿qué razones tendría? Ha estado en esa cercanía tantas veces, han yacido el uno junto al otro en tan pintorescas y variadas ocasiones que se vuelve confuso el presuponer un tinte de nerviosismo en tan reiterada escena. Sea lo que sea, pasa a un segundo plano ahora, dado que poco importa más que el correr desesperado de los instantes mientras él continúa allí, acariciando el cabello sedoso del rubio, sintiendo su corazón y percatándose del pasar del tiempo solamente midiendo mediante las inhalaciones y exhalaciones ajenas, de quien parece dormido.

Pero solo parece, porque el bajar la vista se encuentra varado frente a esos dos océanos negros que lucen ese brillo fascinante hasta en la penumbra de la más negra noche. ¿Te incomodé? ─murmura, pero Ian continúa sin tener consciencia de que él le dirige la palabra, interrumpiéndolo─. No estaba dormido, pero tampoco…─. Momento culmine. Miles de receptores de elevada sensibilidad activados para captar el sentir de una sola zona corporal: los labios. Ya poco importa si recibe una caricia en otro lugar o si aferra las manos a las sábanas con inusitada intensidad, no sentirá más nada que no sean los labios húmedos de Ian sobre los suyos. ¿Razones? Es lo que esperaba. Para bien, o para mal, es lo que su cuerpo anhelaba sentir de nuevo. Quisiera poder detenerse ahí, en ese instante ínfimo y poder disfrutarlo de cada manera posible. Pero una de las ideas que, solo cada tanto, llegan a su mente de manera brillante, le dice que esta madrugada es la indicada para continuar con el repertorio de lo que dos personas que se aman, o al menos se aprecian lo suficiente, hacen todo el tiempo. Porque en ese momento, mientras él está recostado en la cama, observando como un desposeído la perfecta sonrisa de Ian, hay gente que está amando, gente sufriendo, muriendo, personas naciendo, gente besando y millones haciendo el amor. Es tiempo, es la noche perfecta para deshacerse, más no sea por un rato, de los prejuicios de la sociedad, ser nada más que dos cuerpos despojados de todo lo material, de unirlos y que un suspiro y una caricia signifiquen mucho más que una expresión de cariño. Que, por primera vez, y aunque muchos entes lo consideren enfermo y repulsivo, sea el amor el que de paso a otro estrato más allá de lo carnal, porque no sería tener sexo con Ian, no, ¡por Dios! Sería hacerle el amor a Ian, darse el lujo de posar sus labios en cada porción de piel que le sea disponible y esté a su alcance, porque ya no hay manera de que no se sienta preparado para eso. ¿Para qué esperar más? ¿Para qué esperar a que se vaya de nuevo para sentirse preparado? No, y aunque todavía sienta, muy en el fondo de su corazón, que los nervios lo van a asesinar, corresponde a la sonrisa de Ian, porque está consciente de que explorará su complexión, de que sin importar nada va a descubrir cada faceta que no conozca y que mañana por la mañana, o quizás en otro momento del día, cuando despierte, abra los ojos y los recuerdos de lo que parecerá un sueño. lo asalten, no pedirá perdón por nada. No tendrá que dar explicaciones a ninguno de los seres que rondan esta tierra, ni a su padre, ni a su madre, ni a Evory, ni tampoco a sí mismo, porque ya conoce las razones y mesuró las consecuencias de lo que hará a partir de ahora.

Baja la vista, hasta sus manos unidos, no importa nada, toda la fuerza que no creyó tener es absorbida y transformada en coraje, en todo lo que necesita para poder seguir adelante, y ha salido de quién sabe dónde cuando Ian apareció frente a sus ojos esta misma tarde. Lo mira a los ojos, sabe que su expresión es torturada, que ya no puede controlar las ansias de tenerlo. Entonces aleja su mano de entre las de él y le toma el rostro con ambas, un poco para obligar a mirarlo a los ojos y otro poco para poder tenerlo donde lo necesita. ─ Te necesito  ─murmura, como si esto le estuviera costando una vida y todas las reencarnaciones que le faltan por vivir. De verdad lo hago, no te das una idea de cuánto, Ian. Y sí, es su mejor amigo, y sí, es un drogadicto, potencial psicópata, y él es un idiota, su coeficiente no será el más elevado ni tampoco tendrá demasiadas ganas de vivir, su heterosexualidad fue puesta en duda más veces que la de todos los habitantes de la tierra, y aún así, se siente completo. Como si no necesitara más que el cuerpo de Ian a su lado para sentir que todo irá bien a partir de ahora, y sí, suena a una adolescente enamorada, pero no cree estar enamorado, y la adolescencia también se le ha ido por las ramas con anterioridad. Pero ¿qué importa? Podrá parecer una adolescente, podrá parecer enamorado o simplemente un desviado y desquiciado, pero sólo él sabe cómo se siente, solo él entiende la manera extraña en que ese perfume a nicotina, aparejado a sus ojos negros, la manera de ser bohemia y su aspecto condenadamente angelical lo han  vuelto loco. Se rinde, se rinde, no hay más nada que pueda hacer al respecto y bajar los brazos ante esa guardia esgrimida para no caer en la tentación no le supone un pecado, y si lo es, que Dios lo perdone, pero no le importa. Si el pecado es desear, en este momento podría ser condenado ahora y por el resto de la eternidad, tantas veces que ni siquiera podría mesurarse cuánto desea tener a Ian como suyo. Lo besa de nuevo, pero esta vez con más intensidad que todas las veces anteriores, sintiéndose por fin libre de culpa y cargo. Se yergue sobre los brazos para poder quedar a medias encimado sobre él, pudiendo sentir la ansiedad corriendo por cada una de sus venas y llegando a su cerebro como aún más deseo de continuar. Entonces se deja reposar encima de él, baja las manos por su cuello, acaricia sus brazos y llega a la cintura, descendiendo aún más, desconociéndose completamente, hallándose a sí mismo como un extraño, acariciando la zona más sensible del cuerpo de Ian por encima de la tela del pantalón que lleva puesto y que, a esta altura, a Frank le molesta sobremanera. Pero luego vuelve a subir y luego de morderle los labios lo observa a los ojo y susurra, ya sin poder contenerlo: ─ Te quiero.

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c-l0sure:

Esboza una sonrisa, porque hace mucho que ha estado deseando que Frank le diga ese ‘hijo de una gran puta’ que es tan suyo, que, para él, es una muestra de ‘¡Eres tan estúpido, te adoro!’ bien disfrazada, porque así es como se tratan, ¿verdad? Al menos por parte de Ian, ese ‘hijo de puta’ es un recordatorio de los viejos tiempos, mejores. Suelta una carcajada. — ¡Ya, perdóname, idiota! —dice, observando ese movimiento de cejas que, sí, significa que el único imbécil allí es Simmons. Entonces se puede fijar en algo que, ciertamente, le parece sorprendente. Diría intimidante, pero no lo puede sentir así.Esa camisa en especial, esa que ahora está en el fregadero, como si fuera una prueba, una evidencia… Es suya. Sus ojos oscuros como la noche se fijan en la tela, en el acabado de la camiseta, y extiende sus brazos, aún más temblorosos que una gelatina, hacía la camiseta que sigue igual de quieta que siempre, porque eso es, solamente es una prenda. Una prenda con un significado emocional. La toma en sus manos, sin despegar la vista de esta, y después observa a Frank. No dice nada, porque no sabe que decir, y pasa las yemas de sus dedos por la impresión que reza ‘Nirvana’. Casi como si fuera la única camiseta así, como si no hubiera salido de una tanda de cientos de camisetas iguales, como si no hubiera sido una más en el mostrador de prendas en esa tienda de liquidación. Como si no fuera una de las tantas que existen. Pero ¿saben qué? No lo es. No es ‘solo una camisa más’. Es la camisa de Ian, la camisa que Frank estuvo usando, es esa. Una que ahora tiene todo su perfume impregnado en sí, esa que, quizás, demuestra que, no todo está perdido.  Sí no se ha olvidado, el cuarto de limpieza -que solo ha visto, pero nunca ha entrado en él- sigue en el mismo lugar. —Ya vuelvo, Frank, sirve un poco de café para ti… Lamento lo de tu camisa.—tuya. Y espera que se note que, realmente, ahora le pertenece a Frank. —Si me disculpas, la iré a limpiar—. Y así, se acerca al cuarto de lavado. Un lava ropas de apariencia nueva descansando allí, medio abandonado, y un cesto de ropa sucia. Sonríe, pone un poco del jabón en polvo dentro del aparatejo y lo enciende. Coloca la prenda, sola, y enciende el lava ropas. Borrando cualquier perfume propio que pudiera quedar, cualquiera. Porque puede que no hayan tantas esperanzas perdidas, pero supone que es mejor olvidar. Porque al menos por parte de Ian, no quiere que nadie más sufra. Y sí, al menos de su parte, hay sufrimiento en aquello.

Y se siente tan culpable y arrepentido conforme ve como se llena de agua el lava ropas, y la camiseta comienza a dar vueltas. Esa simple acción, de ver el movimiento de una prenda limpiándose de cualquier aroma que pudiera recordarle a alguien ese otro alguien… Lo hace sentir fatal. Bufa, se pasa una mano por la frente y vuelve hacía donde está Frank. Piensa en darle la camisa que él ahora trae puesta, una simple que reza ‘The Clash’. Pero supone que no significara nada, porque es solo ‘The Clash’, es solo una banda que no tiene tanto significado. Desearía tener su favorita, la del arte del disco de Nevermind, y dársela ¿Por qué no se la puso? ¿Por qué? Podría regalársela y, quizás, así sentirse mejor. Quizás dejar un recuerdo más nuevo. —Eh…—dice, tanteando que palabra decir.—No sabía que tenías esa camisa—murmura.—, pensé que la había olvidado en algún lugar…—le sonríe. Esa sonrisa estúpida, tan propia cuando sabe que por alguna razón se siente culpable. Se le acerca, lentamente, y ve a Frank observarle, con esos ojos que, siempre, le han parecido irrepetibles, increíbles. Que reflejan tanto y que, para él, son una de las cosas mas maravillosas que pudo ver. Y no quiere que se enoje con él ¿vale? Sí es que por eso se puede enojar una persona… No, no, lavar una prenda no es algo demasiado trivial. Pero lavar una prenda que tiene tu perfume, y que hasta hace poco la ha tenido puesta una persona que quizás es demasiado especial… Lavarla como si así se limpiara el pasado, como si fuera solamente una impureza, una mancha… Eso es lo que puede hacerte enojar, lo que te puede lastimar.  Y lo que él menos quiere es lastimarlo, lo que menos quiere es que se enoje, como sea que pueda suceder.

Lo abraza. Lo abraza con un frenesí inequívoco, no le importa si Frank todavía sostiene un cigarrillo en sus manos, o como sea, no le importa. Lo estrecha en sus brazos como si fuera a irse en cualquier momento. Parece que se va a quedar sin fuerzas en cualquier momento, y sí, es algo que podría llegar a suceder, quedarse sin fuerzas para seguir adelante. Pero no es ahora. Se da tiempo de sentir el aroma a tabaco y algo más que Frank tanto tiene. Que quizás no es algo del otro mundo, pero para Simmons es un perfume hermoso, increíble, irrepetible, casi como sus ojos. Casi. Y tal vez es lo mismo para Miller, no lo sabe, no le importa, porque quizás esa camiseta se la puso solamente porque le gustaba y no por un motivo oculto de aprecio que, aunque quizás ínfimo, aún guarda para aquél rubio que, aún, lucha consigo mismo para no separarse de aquél abrazo que lo contiene de perder sus propios cabales y decirle un ‘te extrañé hijo de puta, te extrañé como no te das una idea, y solamente quiero que estés aquí, conmigo, para siempre, juntos, como amigos, como algo más, como tu quieras. Sin Evory. Sin padres. Sin pasado. Sin que nadie nos joda, sin que nadie nada’. Y aquí están, de nuevo, en un abrazo. Como otros que se han dado. Desea decir aunque sea una frase que de a saber lo mal y lo solo que se ha estado sintiendo, y que su ser se encuentra resquebrajado, como si no pudiera volver a unirse… Que, en sí, lo ha necesitado, pero no lo hace. No, porque se supone que se está empezando de nuevo. Ambos lo están fingiendo, al menos, fingiendo que no pasará nada mas. Matando al espíritu, matando a poco la ilusión que ha florecido en ellos. Sí, puede jurar que en ambos. Se aleja, solamente porque quizás pueda resultar un contacto molesto, pero el simple hecho de separarse de aquél aroma, de aquél cuerpo, le demuestra algo horrible. —Estás helado, Frankie.—dice, algo preocupado, mirándole de arriba a abajo. Se muerde el labio inferior, casi sin darse cuenta y, después, solamente le sonríe. — ¿Quieres qué caliente el café o algo así…?—bufa. — ¿Qué has hecho, eh? ¿Cómo está tu hermano? 

Observa a Ian alejarse, lentamente, pareciera que todo a su alrededor va en cámara lenta, se ve como si de nuevo el reloj  se estuviera burlando de él. Y en un principio no capta todo el sentido de la frase y el trasfondo profundísimo de la palabra ‘limpiar’. Se queda parado en la cocina, mientras el rubio se lleva consigo al matadero el único rezago de historia pasada que le quedaba a Frank. Lo único que le aseguraba con creces que todo lo pasado había sido real y que fue perfeccionado ahora mismo con la mezcla única y pulcra de los perfumes de las pieles de ambos que, beldad que ahora mismo también, está siendo asfixiada hasta la muerte. Mira hacia otro lado, por la ventana, intentando reprimir las estúpidas ganas de golpear la pared tanto y con tanta fuerza de poder hacerse mierda de nuevo las manos. Simplemente para poder sentir algo más que odio, algo más allá de ese calor pasional que le inunda las venas y que trata de dominarlo cruelmente. No piensa pararlo, si quiere puede quemar la camiseta y luego esparcir las cenizas por toda la casa, no le va a importar, de todos modos él siempre hizo lo que quiso, ¿verdad? Si quiso drogarse, beber, tener un gato, tratar de quemar la casa de Evory, si quiso dejarlo e irse. Siempre ha sido así y no habrá cambiado ahora, ¿no? Se restriega los ojos llorosos con las manos, asesinando así el llanto que purga por salir de su interior. Enciende un cigarro,  el cual casi acaba en los cinco minutos en que Ian desaparece de su vista, a ver si así se muere más rápido. Deja caer la taza en el fregadero, provocando que la cerámica se parta en varios pedazos.

─ Sí, la dejaste aquí ─comenta, cortante. Así como a mí─. Pero, ¿ya que importa? Puedes llevártela si quieres, seguro debe oler como toda esta puta casa, así que deberás volverla a lavar. O quizás huela a mí. No, probablemente… ─y cierra la boca ante lo poco que le importa recordar qué es lo que iba a decirle a continuación. Ian está tan tibio al contacto que es estremecedora la diferencia, Frank siempre está frío. No sabe por qué, quizás es porque ha transmutado en un ser de sangre fría o sabrá Dios qué─. ¿Será porque no tengo nada más en la sangre que quiera producir calor? ─murmura, negando con la cabeza. Sí, factiblemente es eso lo que le impide ser un tanto más normal, pero el hecho de que ahora recupere la calidez tampoco es una casualidad. El abrazo que acaba de recibir es casi tan importante… miente, es tan significativo que no podría compararlo con nada más de este planeta sin restarle de esa importancia. ─ ¿Jackson? Se fue a la mierda hace un tiempo, ¿básicamente? Como todos los que alguna vez pude haber querido. Estoy comenzando a creer que el problema de la sociedad soy yo, ¿sabes? Alex se largó, Valen casi no me habla, Evory simplemente es mucho más feliz escuchando Nirvana encerrada en su habitación y bueno… tú, aquí estás. Lo que no me asegura que no te vayas a largar de nuevo, ¿verdad? ─dice, mordaz, elevando las cejas en esa mueca tan suya. Y como no puede ser de otra manera, se arrepiente al instante de decir lo que dijo. ¿Por qué razón? Porque sabe que echarle las culpas de su propia mierda al resto del mundo es algo que no debe hacer jamás. ¿De quién más sería la culpa de que él sea tan misántropo? Sin haberlo pensado bien diría hasta que es culpa de su ADN defectuoso, pero sería una idiotez gigantesca asegurarlo. Si no, ¿por qué Jackson es abogado y por qué Hansel es un niño tan bello e inteligente? El Miller mayor y menor, respectivamente, son las pruebas vivientes de que progenitores no tienen la más mínima participación en el pecado que supuso traer una desgracia al mundo.

Inspira por la nariz profundamente, cerrando los ojos. Acerca a Ian a sí mismo para darle un abrazo, o mejor dicho, ahogarlo en ese abrazo que está necesitando desde hace, como poco, desde hace un mes y que puede corroborar ahora, lo ayudará a estar vivo por el resto de los días que le queden para hacer pasable su existencia. Porque no se le puede llamar ‘vida’ a eso que el espectro de sí mismo cree tener. Entonces deja reposar la frente en el hombro de Ian y lo deja escapar, deja salir ese llanto desencadenado en la desesperación que ha estado conteniendo en la garganta mucho, muchísimo, más tiempo del que un ser humano normal lo haría. ─ ¿Por qué lo hiciste? ─eleva el rostro, aleja su cuerpo casi etéreo del otro joven y lo empuja, más por impotencia que por un deseo real de hacerle daño. Y sí, está siendo dramático, puede que hasta demasiado y que en realidad todo esto no sea necesario, pero el nudo en la garganta está cediendo por primera vez en muchísimo tiempo. ─ Te odio, enserio te odio. Te odié con toda mi alma, con cada una de las partes de mi vida y no puedo mantener ni siquiera eso, ¡no me lo permites! No sé qué tienes, no sé, te lo juro, pero hay algo en ti que me mantiene atado aquí y ahora y no puedo avanzar, eres la peor mierda que le pudo pasar a mi vida después de mí mismo y, mírame, ¡mírame! Aquí estoy, volviste después de hacerme mierda y me estoy dando el lujo de perdonarte… ─niega con la cabeza, y se vuelve a acercar para abrazarlo, porque no puede soportar el hecho de mantenerse lejos de él ahora que lo tiene tan cerca. Ahora que en menos de un metro pueden compartir oxígeno, ahora que puede tenerlo a su disposición, tocarlo, abrazarlo, e incluso besarlo para poder endulzarse el alma y olvidar hasta la razón por la cual lo ha detestado en tan sumo grado.  Bufa en silencio, intentando reprimirse una vez más, pero es que ya no puede, no se siente capaz de volver a reprimirse, ni tampoco de volver a quedarse callado si él trata de irse de nuevo. ─ Lo único que te pido… ─susurra, entrecortadamente─ es que si te vuelves a ir, me lleves contigo ─dice, tomando el rostro de Ian entre las manos y mirándolo directamente a los ojos oscuros como la más negra noche. Por fin lo suelta, lo deja ir, pero jamás literalmente. Así es como varias horas pasan, se esfuman entre las  agujas del reloj como si fueran mucho más que volátiles. Se sientan en la sala, como en los viejos tiempos, con una botella de whisky y las volutas del humo de un cigarro de marihuana flotando por el ambiente como pequeñas nubes que se elevan hasta el techo y luego desaparecen, se esfuman igual que el tiempo. Entonces mira el reloj con los ojos entrecerrados y luego lo mira a él, al rubio perfecto que tiene sentado enfrente de él con un vaso de whisky entre las manos. Toma el cigarro de entre sus labios con los dedos índice y medio de la mano izquierda y luego se achica dentro del sofá donde se encuentra. Tiene sueño. ─ ¿Tienes sueño? Porque yo sí… quiero irme a la cama ─murmura, despidiendo el humo por la nariz lentamente. Clava sus ojos en Ian de una manera poco decente. Nadie podría siquiera sospechar decir cuánto desea irse con él, no solo a la cama, podría irse hasta el fin del mundo con él. Y ahora, mucho más.

I didn’t mean for this to go as far as it did → F&I.

c-l0sure:

I didn’t mean to get so close and share what we did.

Quisiera solamente olvidar. Olvidarlo todo, pero no, vino a Rainwood por razones que, naturalmente no ha podido olvidar. Y esa razón tiene nombre y apellido. Enciende un cigarrillo, proclamando así que -al menos por ahora- está en casa. O algo parecido a casa, lo que sea que Rainwood represente para el blondo. Frunce el ceño un instante, intentando ver que significa, alza la vista mientras cierra la mochila -porque es lo único que se molestó en traer, un par de prendas y sus CD’s- y, tras un segundo, lo asimila: Significa pasado, soledad… Frank. No puede decir que Miller significa ‘soledad’, al menos no por completo, porque él lo acompañó… acompañó. Como un amigo, al menos… Tampoco puede llamar ‘pasado’, porque ahora mismo está yendo hacía su casa, a prepararle un café y, quizás, aclarar un par de puntos… Sacude la cabeza; no hay nada que pueda aclarar. Quizás por falta de valentía, por la cobardía que, al menos con Frank, existe. Porque él es capaz de corromperlo, solamente él… Supone. Le surge un efecto revitalizante que, al mismo tiempo, lo mata. Tal vez para nadie tenga demasiado sentido aquello, crean que, para Ian, tampoco lo tiene, pero algo lo comprende… Sin contar que su cabeza es un jodido laberinto. —Basta, Simmons—se dice, intentando calmarse, y da una calada al cigarro. Camina por la habitación y se acerca a Frank, su gatito, que aún tiene la pata un tanto lastimada. —. Ya sé, ya sé, estarías mejor sí no hubiera decidido irme de pronto… Lo siento. —baja un tanto la cabeza y deposita un beso en la nariz húmeda del felino, que maúlla.—Basta, cretino… Me haces sentir mal. —acerca sus manos entonces a la almohada que está al lado del minino, y saca de dentro de la funda un pequeño paquete de plástico con pastillas. Toma un par. — ¿Qué miras? Te dije que las dejaré, no son droga, son medicamentos. Es lo mismo, pero suena mejor, más profesional. —Ya no le surgen efecto de todos modos. Ya no le surge efecto nada de eso, ya no es vitalizante, ya no es emocionante, ya no es un mundo de colores fluorescentes, estos son los antidepresivos que le robó a su madre antes de irse, de nuevo. Se pone la mochila al hombro -no sin antes guardar el paquete en uno de los bolsillos- y, con sumo cuidado, carga al gato, que lanza un sonido de odio infinito a su amo.—Iremos unos días con Frankie, hasta que pueda conseguir algo para mí.— algo que pueda mantener. Da otra calada, que se le antoja asquerosa, y bufa. Amargarse logra que, todo a su alrededor, sea horrible. 

Y así, con la mochila a los hombros, el gato arañando por libertad y dos cuartos del segundo cigarrillo de la ‘noche’ -porque el tiempo se encuentra en ese estado transitorio donde el sol cae por el firmamento, y todo atisbo de luz es gracias a los negocios y los carteles coloridos de Rainwood-, Ian llega frente a las puertas del caserón de Miller, aquél chico de ojos azules que, hasta hace unos meses, pudo llamarle mejor amigo. Supone que quizás pueden seguir siendo mejores amigos, pero, por favor, ¿cuánto se puede reprimir al ser humano cuándo desea a algo con tal fuerza? Lo acepta, nada volverá a ser lo mismo, no importa cuanto lo desee. Y crean que lo desea, en verdad quisiera ser solo su mejor amigo. Cuando las cosas no se vuelven complicadas y cada cosa que deseas puede perjudicar al otro. Pueden, claro que sí, pueden ser amigos. Pero no será del mismo modo, no para Simmons, y puede jurar que para Frank… tampoco. Tal vez debió, desde primera instancia, hacerle caso a lo que su madre -en un momento de pura bondad ¿o quizás odio? a su hijo- le dijo: “No vuelvas allí, ya lo vas a olvidar, deja tus mariconadas y vive, Ian”. Pero no. No le hizo caso, quizá porque es un deficiente mental o porque no debe. Porque no puede evitar hacer lo que se le ocurre y, tarde o temprano, arrepentirse… Sí, arrepentirse es la palabra. ¿Por qué, Ian? ¿Por qué, sí antes no eras así? ¿Si antes nada te importaba? ¿Sí antes todo era fácil para ti, la gente, las cosas? Ese es el punto, antes lo era. Las cosas cambian, quizás la gente no de pronto, pero con un simple paso en falso todo tu mundo puede voltearse… Puede decirse que Simmons lo sabe bastante bien, que todo se puede… ¿qué, qué es acaso? Todo se puede joder.

Tira el cigarrillo que tiene en la mano libre. Niega con la cabeza y, antes de tocar, acerca la mano al picaporte; está abierto. Sonríe y, sin borrar el esbozo, susurra para sí ”que idiota que eres, Frank ¿y sí soy un asaltante qué?”. Sí, suena como una madre preocupada. Entra a la casa, que permanece igual de desordenada que de costumbre.  —Hey, llegué—avisa, con la voz quizás mas emocionada de lo que quiere, y deja a Frank -el gato-,  en uno de los sofás. Deja caer la mochila en el sofá de al lado y camina hacía la cocina, silbando una canción. — Dos de azúcar ¿verdad?—dice, al viento en realidad, porque no escucha a Frank por ninguna parte. Abre la alacena y saca el tarro de café, comienza a vertirlo en la taza que le parece más limpia entre todas. —Supongo que haré café con leche—murmura, para sus adentros, y comienza a trabajar en la especie de ‘pedido’. Dos minutos después, está sirviendo en la taza. Puede escuchar los pasos lentos que son tan identificables, y si no supiera que es Frank, pensaría que son los de un zombie. Reprime una sonrisa y se da la vuelta. —Hola, hijo de perra, ten tu café—y le coloca la taza en las manos—. A ver si empiezas a hacértelo tu mismo.—le da un pequeño empujón, haciendo que -justo cuando Miller está tomando-, el líquido lleno de cafeína le empape la cara. Podría disculparse, pero hasta donde él sabe, Frank entiende las idioteces del blondo. —Mierda—. Sí, tiene la capacidad de volverse un completo estúpido tan rápido que parece un chiste, todo eso solo con su mejor amigo, Frank jodido Miller.

Abre el armario, husmea dentro y lo cierra, habiéndose olvidado qué es lo que en realidad buscaba. ‘Ah, sí, la camisa’, murmura para sí mismo, idiotizado por el hecho inminente de que en un par de minutos ese ser rubio, ese ángel rubio, estará golpeando la puerta y muy a su pesar deberá contenerse de asfixiarlo en un abrazo y mantenerlo pegado a sí mismo. Porque no es correcto, están peleados, ¿o no? Y no solo eso, ya no son mejores amigos, o eso es lo que Frank cree que Ian quiso decir al irse tan repentinamente, sin dejar ni un solo rastro, ni un texto o una llamada diciendo: ‘lo siento, idiota. Esto me agotó, te odio y me largo.’ Hasta eso hubiera preferido, ¡hasta odio! Pero jamás ignorancia, jamás, porque la repulsión le hubiera dolido mucho menos que sentirse abandonado de la manera en que se sintió. Vuelve a abrir el ropero, dirigiéndose esta vez hacia la izquierda del mismo, que es donde guarda todas sus camisetas y camisas. En esta oportunidad, va en busca de una verde a cuadros de aspecto bastante maltrecho que lo hace parecer aún más grunge. Pero se detiene, vuelve hacia atrás las perchas de las que todo cuelga pulcramente y observa una bolsa de plástico oscuro, que no le permite ver el contenido, tira de ella hacia afuera hasta detenerla entre las manos. ¿Es normal que no sepa el origen o la especie de algo que está dentro de su armario, entre su ropa? No, cree que no, y por eso es que quita el envoltorio con parsimonia, y el corazón le da un vuelco. Es la camiseta negra con el arte del disco Nirvana que tan bien conoce, ¡casi como si fuera suya, se podría decir! La observa durante un par de minutos más, minutos que se le hacen eternos y en que el tic tac del reloj en la mesita de noche parece burlarse cruelmente de él. ¿Desde cuándo tiene él algo en su poder que no es propio? Porque esa camiseta no es suya, y si la huele de seguro acabará confirmándolo… acerca la tela a su rostro y aspira ligeramente, el aroma a tabaco y perfume lo golpea, lo mismo le hubieran dado con un bate de béisbol en el medio del pecho. Ian Simmons, esa marca registrada de combinar el perfume con el olor a tabaco solo podría pertenecer a él, y esa camiseta, ratifica ahora, si es suya. Lo que no logra hallar es el motivo de que se encuentre allí, en su casa y entre sus cosas. Ni siquiera recuerda haberla guardado con tan sumo cuidado entre su ropa, que podría estar tirada por el suelo y no le importaría. Otra demostración de cuanta idolatría corre por las venas de Miller al oír pronunciar ese nombre: Ian Simmons. Odiarlo, detestarlo por haberse ido y dejarlo solo, pero conservar una prenda de su ropa guardada como si se tratara del mismísimo Santo grial. Es extraño contemplar el escenario en que se desarrolla una escena de cariño tan grande, ¿verdad? Porque pudiendo haberla quemado o tirado a la basura, la conservó quién sabe con qué fin. Dicen que el amor no se acaba de un día para otro y que perdura, que podrás hallar a cualquier otra persona que creas que lo sustituya, pero que nunca olvidarás a esa por la cual hubieras dado todo y hasta tu vida. Dicen que es así, y es tan cierto.

 Se deshace de la camiseta que lleva puesta desde el momento en que salió de la ducha y la reemplaza por esta, arrepintiéndose de contaminarla con su propio perfume, pero no dignándose a quitársela por nada del mundo. Al menos así le queda algo de él, y de seguro Ian se la querrá arrancar, pero no lo permitiría. Esa camiseta será suya a partir de ahora, daría la suya propia de Misfits con tal de quedarse con esta, lo jura. Entonces sale de la habitación, abriendo una caja de cigarrillos que adquirió penosamente esta mañana, no debió, porque le prometió a… ¿a quién? Ah, a Valen, sí, le prometió a Valen que dejaría de fumar. En realidad prometió tantas cosas, prometió que olvidaría, prometió aprender a querer a Evory como se lo merece, prometió dejar toda clase de adicciones y quién sabe cuántas cosas más. Hasta ahora ninguna ha cumplido. Enciende un cigarro lentamente y baja las escaleras, va a la sala y encuentra un sobre encima del escritorio del computador. ¿Desde cuándo está eso allí? Últimamente parece no darse cuenta de nada de lo que sucede a su alrededor, es como un zombie que no reacciona ante ningún estímulo exterior… o al menos lo era hasta hace un par de horas, cuando decidió recomenzar su vida por sabrá Dios qué número de vez, y hablarle, humillarse, volver como un perro abandonado a encontrarse con ese ser a quien tanto adora. Entonces oye la voz de Ian, pero la parálisis que lo domina va más allá de lo conocido. Se pone de pie, va a la cocina y se pone de pie en la puerta, observando al rubio hacer el trabajo que, antes hubiera creído, no sabría cómo carajo hacer. — Me di cuenta —dice, asintiendo levemente con la cabeza, y permite que Ian ponga la taza de café entre sus manos pálidas, ¿se habrá dado cuenta de qué camiseta tiene puesta Frankie en este momento? Niega con la cabeza y sonríe mientras da un trago de café… que se ve interrumpido por un empujón leve, pero potente al mismo tiempo y que logra que se empape a morir en café—. Hijo de una gran puta —musita, dejando la taza en la mesada y mirándose a sí mismo bañado en café. Clava sus ojos azules en los de Ian y eleva las cejas en ese gesto tan típico de él, ¿puede matarlo? ¿Puede? — Te voy a matar, ¡eres un tarado! —dice, riendo levemente y arrugando la nariz—. Idiota —niega con la cabeza y se quita la camiseta para lanzarla dentro del lavabo.

Two of the crowd || Hewitt-Miller.

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Luego de que sus palabras salieran y ya se sepa toda la verdad y nada mas que la verdad Evory bajo la mirada mirando sus manos, realmente no sabía que estaba sintiendo. Una especie de alivio y paz interior pero cuando levantaría su mirada no sabía que encontraría. Mas bien sabía muy bien que Frank era seco, pero no capaz de herir sus sentimientos. Por el rabillo del ojo se atrevió a mirar su reacción. Tan…raro, tan feliz y a la vez confundido, como lo estaba ella, claro que ella se guardaba lo que sentía. No podía lucir una sonrisa cuando acababa de decir lo que se guardo por tantas semanas. Lo que la dejaba sin el sueño y suspirando en clases, su des concentración era el, por más que no quiera admitirlo. Quizás mas adelante si es que la visita termina de la manera que ella esperaba en vez de la perdida de su mejor amigo. Observa como su silueta se suelta sobre el respaldo del sillón y sinceramente no sabe si es una buena señal o de verdad el muchacho no sabía que hacer. Claro que ella tampoco, sin quedar como una idiota por supuesto. Es que no sabía como ocultar que sus mejillas ya tenían una tonalidad rosa y que corazón estaba en la garganta, si hacía un poco mas de silencio lo podía escuchar a la perfección. Es que uno no podía comprender como le costaba a esta castaña admitir los sentimientos, a excepción de Ian, claro. Quien fue la persona que le enseño todo lo que no sabía y supo era su otra mitad….pues al parecer las vueltas de la vida la hicieron recaer en que el vivía en su mundo y que ella no estaba incluida allí, como buena persona y dolida se hizo a un costado. Además de todavía tener el corazón roto, pudo admitir lo que sentía hacía este muchacho que ya no consideraba un amigo. Luego de un silencio sentenciador escucho su voz y levanto rápidamente la mirada para encontrarse la suya “¿Solo eso?” Ah, se sintió la mujer mas idiota en la faz de la tierra, simplemente con esa pregunta. Ojala tuviera la misma valentía ahora para defenderse o contestarle, pero no quería arruinar el momento, no quería que su ira le ganará de nuevo. Las siguientes palabras la hicieron sentir peor, puede ser que para el sonará como nada, pero ella acababa de expresar sus sentimientos mas ocultos, se dejo ganar por el orgullo e incluso fue a la medía noche para aclararle las cosas. Ella mira el suelo intentando aclarar sus pensamientos, intentando verle el lado positivo, si hay algo malo de la situación que se podría decir que Frank era su versión femenina, y si, el también la podía hacer sentir mal con solamente una palabra. Se muerde el labio intentando que no se notará sus nervios y lo miro de reojo, lucía tan enojado pero a la vez tenía una pizca de felicidad que no entendía, simplemente no podía hacerlo- Entiendo lo que tratas de explicar-Suelta finalmente en un murmuro. Fue lo primero que se le vino a la mente y si, tenía razón en parte, ambos eran las mismas personas, siempre se guardaban las cosas. Así es que miro como miraba al techo, si es que su respuesta era negativa ella simplemente desaparecería de su vida, así es. No mas llamadas, no mas mejor amigo, no mas nada. A la mierda todo. Estaría ella sola en su mundo y Frank jamas habría existido para ella, aunque le doliera, era lo mejor. Estaba cansada de los amoríos y del amor no correspondido.

Entonces mira como se levanta del sillón y se atreve a sentarse en la mesita enfrente de el, internamente lo odio por eso, lo odio por jugar con sus sentimientos, ahora estaba el doble de peor, estaba simplemente perdida, en ese momento ninguna palabra se le cruzaba por la mente. Ninguna respuesta concreta, ni siquiera un “Olvídalo Frank” no se atrevería a decirlo por mas que quiera. No sería tan cruel de ella misma terminar lo que no esta aclarado. Trago saliva y miro como posaba su mano en el mentón, haciendo que no tuviera otra chance de mirar su ojos. Seguramente el abra notado lo vulnerable que estaba y la humillación, miedo y pudor que transmitía su mirada. Frank se veía también nervioso, como si no supiera que hacer o decir. Sin darse cuenta ambos estaban en la misma situación. Escucho su voz nerviosa y asintió levemente como si no tuviera ganas de escucharlo pero a la vez lucía tan seria. Entonces su explicación la deja sin palabras, su cara lo expresa todo. Lucía tan perdida como antes, no sabía en realidad que decir pero una alegría la hizo calmar, estaba feliz de saber que al menos la parte de la locura, era mutua. Aunque claro, Frank era mejor expresando los sentimientos que ella, ella al contrario con unas simples palabras supo manejar la situación. Miro sus ojos estaba vez perdida y vio sus dientes blanquecinos y perfectos formar una sonrisa. La que adoro en silencio, sí. No tenía palabras para describir, no escuchaba su corazón latir ni mucho menos los nervios que tenía hace unos segundos antes. Evory lo miro con ternura y fascinación, sin lucir la amargura que era característico en ella. A sus ojos el siempre fue un chico que irradiaba tranquilidad y es lo que necesitaba en ese momento. En principal el era lo que ella quería. Desde hace semanas fue todo y claro, se alejo de la peor manera de el, y aun tiene el resentimiento con ella misma. Suspiro y fijo sus ojos en las manos que caían de su cara. Quería que sus palabras sonaran tan hermosas con el, pero era imposible que fuera así, solamente dejo sus sus labios rozaran para luego decir unas palabras que simplemente salieron.Clavó sus ojos color café verdusco en los del joven que a él se enfrentaba─. Te quiero, Frank ─ sonrió ─, puedes encontrarlo extraño porque soy ajena a la mayoría de tus costumbres y tú a las mías; pero sólo sé eso. Te quiero─ repitió. Las mejillas de Evory ardían de emoción por la verdad que acababa de soltar.Nada se comparaba con aquello. Nada se comparaba con saber que Frank sentía lo mismo. Que correspondiera el sentimiento que hacía que se incineraran las paredes de sus arterias le hacía creer que soñaba. Tomó la barbilla del pelinegro, sintiendo su suave y tersa piel al tiempo en el que la guiaba hacia los labios de ella. Se le hacía imposible la idea de imaginar un mejor lugar que aquél, un mejor momento que ese y con una persona que no fuera él, Frank. Finalmente pudo sentir la curiosidad de saber que era besar sus labios, desde hace mucho que quería hacerlo.

¿Cómo explicar algo tan profundo e intenso con mundanas palabras? Quizás fue un simple roce, y no podría siquiera calificarse expresamente como ‘beso’, pero fue como si lo hubiera sido en verdad. Fueron escasos segundos, fue un contacto poco nítido pero al mismo tiempo tan decisivo que poco podría decirse, ahora o nunca, para opacarlo. El roce de sus labios con los de ella fue algo que hasta pocas semanas atrás no había estado dispuesto a imaginarse por el mero hecho de que no se encontraba en condiciones. ¿Por qué darse el excéntrico lujo de imaginar algo que no sucedería, en ese entonces? ¿Por qué aprontar el corazón sobre la palma de la mano para ser cruelmente desechado? Porque, entonces, para Frank, Evory simplemente era una chica más que jamás llegaría a prestarle la atención suficiente o adecuada. No habría razones para hacerlo, pero las hay en este momento en que logra conocer la gloria por la cual cientos como él han caído rendidos, las hubo segundos antes y ahora llega a pensar que las habrá en un futuro. Se aleja levemente con la vista baja y luego de unos segundos de mesurar su capacidad de volver a mirarla a los ojos sin sentirse abochornado por la que, de seguro, sería una mirada de ‘¿qué haces, Frank?’, eleva sus orbes azules que, bajo la escasa luz que ilumina la estancia, se ven más oscuras que en lo normal. No espera escuchar nada ahora, no espera ni siquiera un gesto de importancia de parte de ella porque la conoce… conoce su manera de ser, claro, porque de ella… ¿de ella qué sabe? Que fuma, sí, que respira, duerme y quizás se alimenta, o no, como él. ¿Pero tiene sueños? No lo sabe, quizás ella tampoco se lo diga. ¿Qué sucedería si su sueño simplemente fuera que Ian la volviera a querer como la quiso en un principio? Porque si de algo, Frank, está completamente seguro es de que hubo un momento cúspide en la relación de esas personas que fueron alguna vez sus mejores amigos: el principio, donde todo era puro, quizás era el amor más puro del que Ian y Evory eran capaz de darse. Pero las cosas se corrompen, no hay segundas opciones, y si no se corrompen se contaminan lentamente… y los sentimientos guardados, enjaulados en el alma, sean los que sean, se pudren, se desgastan y pueden ser peores en esa instancia que antes, cuando uno se hallaba a tiempo de decirlos sin daños colaterales. Por otro lado, ¿quién es él para juzgar los modelos de relaciones de otras personas, cuando no puede siquiera mantener en pie las suyas propias? Todos han avanzado, todos cambiaron de vida, conocieron gente, se mudaron e incluso muchos dejaron de hablarle y se fueron… y él, aquí sigue. Esperando a algo que sacuda los estándares de su vida y pueda, de una vez por todas, salir de ese infierno blanco en el que a duras penas siente algo más que no sea la modorra después de tomarse las pastillas para dormir. Algo que lo haga gritar de felicidad o golpear las paredes por el odio, algo que agite y haga vibrar cada parte de su ser con solo pensarlo. Quizás ella sea todo eso. Quizás.

Comprender el por qué de que Evory siempre lo haga sentir bien es muy complicado, tiene varias facetas, no podría definir una sola sin tener que nombrar todas las demás pero hay una que es primordial por encima de todas las demás. Y no es estrictamente bien como se siente, sino comprendido, en confianza suficiente para decir ‘sí, odio este mundo y me alegro de que me entiendas’. La observa bajar la vista mientras él se aleja ligeramente, no en un modo repulsivo como decir: ‘ya no quiero tenerte cerca’, sino por el mero hecho de no incordiarla. Muchas veces se sintió inseguro, confuso, incluso trémulo ante cualquier cosa que pudiera ser real… pero lo que le sucede en este momento es mucho más fuerte que una simple confusión. Es perplejidad, por lo que está viviendo, que no es normal, no es algo que le ocurra todos los días y de todos modos lo agradece tanto y con tanta fuerza que hasta podría hacer surgir una nueva deidad para dar las gracias. Entonces ella eleva la vista y la sensación es como la que sientes en la primera caída en picada de una montaña rusa, la risa histérica intentando desencadenarse de tu garganta, los nervios agolpando el estómago contra tu espalda y luego la tranquilidad de perderse intentando adivinar qué esconde ese café verdoso tan bello. ─ ¿Lo haces? ─musita, a pesar de haber oído esa frase antes, nunca fue tan monumental y memorable como ahora. Nunca fue un acto por puro instinto y decisión de Evory, siempre fue un primer y humillante ‘te quiero’ del ojiazul… y luego simplemente un ‘yo también’. Nunca oyó un te quiero tan contundente de la rubia─. Yo también ─dice, levantando la mano sana para acariciar la mejilla de Evory, que por momentos ardía enrojecida y, por otros, parecía pálida hasta un extremo casi anormal. Pero no importa, ¿verdad? Porque si fuera así de pálida todo el tiempo, y no solo cuando los nervios la azoran inexorablemente, seguiría siendo igual de hermosa. Permite, entonces, reprimiendo las ganas de lanzársele encima para envolverla en un abrazo, que ella lo tome por la barbilla y guíe el primer beso de lo que, a partir de ahora, será el resto de su escueta existencia… si a lo que él ‘vive’ cada día se le puede llamar existencia, claro está.  Entonces, la sacudida, la vibración, el temblor por el que ha estado pidiendo y ese ‘quizás ella sea’ se vuelve una certeza irrefutable: lo es, es ella quien por ahora logrará hacerle sentir algo. Deja que lo bese, deja que la humillación de no ser él lo domine pero, esta vez, y por primera en toda su vida, agradece verse humillado. Entonces cuando ella se aleja, no se lo permite, envolviéndola en un abrazo sutil. Luego lanza un suspiro, está acabado.

Two of the crowd || Hewitt-Miller.

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El remordimiento recorría sus venas y aunque el orgullo fuera mucho más grande que ella, lo tendría que esfumar para conseguir la felicidad, para conseguir la amistad o algo más que quedaba con Frank. Ve sus ojos de nuevo y se traga los halagos que tenia hacia ellos. Estaba cansada, estaba cansada de ser una mierda de persona, ser depresiva y sobre todo tratar como un perro a su mejor amigo. Era el único que se importaba por ella y ahora mismo caía en cuenta de ello. Mayoral mente a Evory le daba todo igual, pero en realidad paso cuando Ian se fue. Le dejo un vacío más grande  de lo que imaginaba y aunque trataba de ignorar el tema era momento de que aceptara que la dejo destrozada. Y si, ese mismo día se había encerrado en su cuarto para llorar, recordó que esa semana sus ojos le pesaban y la cabeza estaba al borde de explotar. Suspiro mientras colocaba sus manos en los bolsillos de una manera simple además de que el frío que tenía se empezaba a notar. Lo vio sonreír y un tanto de alegría se formo por dentro, pero aunque sus facciones siguieran un tanto serias estaba feliz. Ya ni sabía que estaba haciendo allí pero si estaba consciente de que necesitaba su perdón a pesar de que sabía que no lo haría de la mejor manera. Con la mente en las nubes y los pies sobre la tierra escucho al fin las palabras del ojiazul y poso la mirada de el. Estaba mas estúpida de lo normal, estaba pensando en que estúpida excusa le podría decir pero ya no era capaz de mentirle. Luego de que se hiciera a un costado de manera lenta y curiosa entro a su casa, la última vez estuvo en su departamento así que era un nuevo lugar, no tan diferente a lo que recordaba. Su computadora, el gato, el silencio y algo de desorden. Poso su mirada en las fotografías tratando de disimular la estúpida excusa que había dicho, lo conocida muy bien y no se tragaría lo de “Solamente venía a visitarte”. Si fuera al revés ni ella lo creería. Gira a medias solamente para ver que hacía y casi se echa atrás cuando va a tocar su rostro pero esta vez no se niega ante él. Su rostro luce tan cansado como el suyo, parece un chico bastante solitario y ante sus ojos tenían bastante en común. Es por eso que le agradaba. Su acto no le pareció nada raro, pero si era nuevo para ella, más cuando hace bastante que no lo veía personalmente. Estaba más alto, y recordó también que no lo había saludado para su cumpleaños. Recordó casi todas las veces que le había fallado y si, si fuera por ella ya estaría bajo un ataúd, nunca le había encontrado la razón justa para seguir…viva, si es que lo estaba. Hizo una mueca apenada y mordió su labio con remordimiento-Me encuentro excelente, gracias-Dijo a la vez que se encogía de hombros y alzo una ceja a la segunda pregunta, la verdad es que máximo llegaba a dormir tres horas. Sus pensamientos no la dejaban dormir y divaga por su cuarto, escucha música depresiva, fuma entre otras cosas-Casi nunca duermo, eso no es problema-Justifico luego de unos segundos de silencio. Era pésima para las conversaciones y más cuando estaba con los nervios de punta, ¿Por qué? Lo tenía demasiado cerca y si podía acercar su rostro un poco más sus labios estarían unidos pero no quería arruinar todo, era una chica bastante impulsiva para algunas cosas pero primero quería pedirle perdón y después podían hacer lo que quieran. Trago saliva y le sonrió-¿Y tú? ¿Tampoco duermes de noche?-Sonó como si sintieran lo mismo, el insomnio, la soledad. Se preguntaba de vez en cuando si Frank sentía o podía sentir algo más que amistad hacía ella, lo dudaba pero el miedo que solamente alucinaba era más fuerte, no sería capaz de mirarlo a los ojos y sus sentimientos hacía ella era nada más que una simple amistad. Rompió la conexión de miradas girando su mirada hacía la sala principal, era una casa amplia y grande, seguramente cómoda para el aunque ella prefería las casas más chicas para no sentirse más sola de lo que estaba. Lastimosamente su casa era espaciosa y la odiaba. Evory odiaba a casi todo el mundo para ser precisos.

Nota que Frank se ve un poco intimidado e incomodo, eso la hizo sentir peor que antes. Odiaba en lo que estaban convertidos, en dos personas que no podían ni siquiera estar juntos en una misma habitación sin sentir represión, pero era lo que causaba ella. Escucha su voz de nuevo y al instante posa su mirada en él como si fuera su cuerda a la tierra. Suspiro de nuevo mientras colocaba sus manos en los bolsillos como antes- Están demasiado ocupados con la llegada de mi hermano, no se dan cuenta de nada- Su voz sonó con un toque de resentimiento, quizás porque nadie le demostraba cariño o importancia ella era así. Bajo la mirada para que su amargura no se le notará. No quería que piense que estaba enojada con sus preguntas. Hace una mueca casi formada en sonrisa y se anima a mirarlo nuevamente. Ev frunció el ceño con su próxima pregunta “ ¿Te ofrezco  algo?” balbucea una respuesta concreta pero luego de no poder encontrarla se queda completamente callada y niega con la cabeza largando una pequeña risa. Pero le preocupaba más que nada que él sintiera que estaba solamente con una pequeña de dieciséis años. Ev con simplemente abrir la boca podía parecer de dieciocho o mucho mas, eso le pasaba por estar aburrida y leer libros científicos pero a el seguramente no le importaba eso y a ella no le importaba hablar sobre la teoría de Einstein. Sonrió nuevamente de espaldas sintiéndose la chica más estúpida. Entonces sintió la textura de sus manos pasar por su hombro, quitando su saco de lana, eso era más que nuevo pero no se iba a negar. Su respiración estaba un tanto agitada y escucho su murmullo pero pretendió no hacerlo porque temía que su respuesta sonará un poco bruta, como pensaba anteriormente, ella pensaba que él no sentía más que una simple amistad. Cuando posó su saco sobre uno de los sillones, Ev se queda vagando por la sala para sentirse más cómoda. Junta sus manos y mira de reojo a Frank, intentaba adivinar que pensaba. Mira como apoya sus pies sobre la pequeña mesita, se le escapa un suspiro. Asiente a sus palabras hasta que menciona el rechazo y un puntada de angustia le deja sin una respuesta justa. Bajo la mirada de manera triste y no le respondió, no quería hacerlo. Estaba demasiado incomoda así que va con cuidado a sentarse en el sillón principal. No sabía que tema tocar pero si esperaba que esa pregunta, la cuestión era que no podía responderle sin avergonzarse, Frank podía ser igual de seco como ella además de estar angustiada. Juega con sus dedos evitando su mirada pero no puede, escucha su voz y se deja llevar por sus ojos claros. Ev abre su boca para finalmente hablar después de tantos minutos en silencio-Primero en principal no vengo a rechazarte, ya lo abría echo si quisiera-Sabía que eso sonó cruel pero quería que entendiera que no vino especialmente a eso-Y si quieres saber, vine para pedirte perdón-El silencio del lugar la había puesto nerviosa y se mordió el labio con fuerza-Me comporte como una estúpida todo este tiempo…no lo niegues-Dice antes de que hable. Con los ojos fijos y su seguridad prosiguió-Te trate así porqué…-Coloco un mechón detrás de su oreja pero esta vez no lo miraba a los ojos, sabía que no podría hacerlo sin querer correr del lugar- Tenía miedo a sentir algo más que una amistad…así a ti, listo lo dije-Soltó un suspiro mientras se cruzaba de brazos, como si se hubiera quitado un peso de encima y miro a Frank esta vez- Era y es eso-Su voz sonó apenada y triste, como si viniera venir su rechazo. Pues Ev jamás se sintió suficiente para el u otra persona.

Rechazo es una palabra dura, se puede aplicar en muchísimos sentidos y siempre con un contexto diferente. Quizás algunas veces duela mucho menos… pero saliendo de los labios de la persona que él tiene en frente y contempla en este mismo momento, el único contexto y sentido que puede aplicarle es dolor. Una sensación de opresión en el estómago. Niega con la cabeza, ansiando tranquilizarse. — Sé que eres totalmente capaz de hacerlo, nunca puse eso en duda. Hubieras podido enviarme a la mierda en cualquier momento, porque tienes el poder para concretarlo con una sola palabra. Y de seguro hasta te habría hecho caso… porque también influyes así en mí. No me preguntes por qué. Espera… ¿qué? ¿Perdón por qué? — ¿Qué quiere decir eso? ¿Por qué ahora? ¿Por qué razón lo ha dicho ahora? No se supone que esto se de de semejante manera confusa, siente que debe poner muchas cosas en claro con ella, siente que debe pero no puede. No puede pensar en otra cosa que no sea cada una de las palabras que ella suavemente pronuncia, cada vocablo que se atropella contra sus oídos, resonando de la manera más dulce y sufriente. Continúa pendiente de las palabras de la rubia, con cada uno de sus sentidos prestando atención a la verdad que ella cree manipular entre sus manos. Ella no entiende, ahora Frank lo comprende a la perfección, no entiende absolutamente nada. No ha sido estúpida todo este tiempo, todo este tiempo ha sido la persona más valiente que él hubo alguna vez conocido solo por intentar cuidarlo y preocuparse por él, sabiendo bien que a él mismo mucho no le importa. Incluso es más valiente que él mismo, que decide cada mañana afrontar su vida de una forma distinta. Superando a duras penas cada subida y cada caída en picada de su ‘especie de’ bipolaridad constante. ‘Tenía miedo de sentir algo más que una amistad…’, entonces Frank, que paulatinamente había ido irguiendo la espalda, se deja caer con fuerza contra el respaldo del mullido sofá en que se encuentra. No puede hallarse ni más confundido ni, a su pesar, más feliz por lo que acaba de oír. El gesto de ‘sí, por fin me lo he quitado de encima’ que Evory esgrime a continuación, lo deja aún más perplejo. Le gustaría preguntarle hace cuánto tiempo siente lo que siente, hace cuanto tiempo le oculta lo que siente, pero se ve incapaz de hablar sin tartamudear o expresar de otra manera los nervios que lo están consumiendo por dentro como ácido puro. — ¿Sólo eso? —dice, elevando las cejas irónicamente, como si el motivo de la reunión fuera deficiente o poco importante—. Evory, lo dices como si no fuera algo realmente importante… pero te entiendo, te juro que lo hago y es decepcionante que ambos seamos tan parecidos —da un suspiro lentamente, intentando enviar lejos la negatividad que amenaza con cernirse sobre él—. Somos… jodidos, iguales. Si tú eres fría, yo lo soy el doble… pero no lo puedo evitar, mi papel no es ser el chico agradable y extrovertido, si sufro, soy feliz, me enamoro o algo me duele, todo lo hago en silencio. ¡Y tú haces lo mismo! —da un golpe leve en el posa brazos del sofá, intentando también, ahora, contenerse para ponerse de pie del sofá, atravesar con dos zancadas el espacio que los separa y cerrar la conversación con un beso. Y lo pasado, pisado. Pero no, no es el momento, este es el instante en que más lúcido se ha encontrado en la última semana y no va a desaprovechar su oportunidad de perder horas y horas discutiendo sobre algo que sí tiene sentido. No como cuando la catarsis se abre paso entre la modorra de las pastillas para dormir y debe discutir consigo mismo sobre qué sucedería si por accidente cupieran en su organismo el doble de las pastillas permitidas. O si un día simplemente desaparece, se va a Alemania de nuevo o se vuelve translúcido, tan etéreo como un fantasma. Y así poder saber qué piensan de él, o, en cualquier caso, si alguien piensa en él de otra manera que no sea como otro más de los setenta millones de seres que continúan consumiendo oxígeno por montones.

Posa sus ojos azules en el techo de la habitación, consciente de cómo ella lo está observando y pendiente de una respuesta a la pregunta que no formuló directamente. De seguro es la pregunta que la está matando por dentro y la que le otorga a Frank el poder de destruirla: ¿Es correspondido o no? ¿Frank, debo suicidarme o no? Se frota los ojos con las manos, intentando buscar el hálito de lucidez completa que lo ayude a solucionar con efectividad esta situación… mediante palabras, porque la salida perfecta sería aún más bella de lo imaginado por el mundo en general. El roce de dos almas, la fundición de dos corazones desgarrados con un solo beso. Se pone de pie y se sienta sobre la mesita, justo de frente a ella, posa la mano que no está hecha mierda bajo su mentón, casi obligándola a mirarlo a los ojos al momento de pronunciar lo que seguiría. Sus ojos desesperanzados lo están asesinando, no hay manera de que su sufrimiento no se haga carne en él mismo. ¿De verdad cree que no tiene chance? — Ev… Evory —comienza, sin saber cómo continuar o de qué manera decir lo que puja por salir de entre sus labios—. ¿Qué crees que he estado temiendo las últimas semanas de mi vida? ¿Crees que no he salido de esta casa simplemente porque soy un loco enfermo y no quiero ver a nadie, como siempre? No, Dios, no. He intentado ignorarte e ignorar a todo el resto del mundo porque estoy confundido. El último tiempo no estoy en pleno uso de mis facultades cuando estoy contigo, me quitas el sueño, no puedo pensar con claridad si estás tan cerca de mí y siento que me estoy volviendo aún más loco que antes —sonríe, está ido, saliéndose de sus cabales completamente y no está pudiendo controlarlo. No importa, ¡no importa! Está siendo más sincero con la pequeña de dieciséis años que lo que fue consigo mismo y con todos los demás en toda su jodida vida. Amén de que la chica es la ex novia y adorada por su antiguo mejor amigo, que dicho sea de paso, se fue sin dejar rastro ni un ‘lo siento, pero me he hartado de ti y de todo lo que nos pasó…’. Concentración, eso le hace falta. Durante toda su vida tuvo fallos de atención, nunca pudiendo estar pendiente de algo, interesante o no, por más de un lapso de treinta o cuarenta y cinco minutos, máximo. Aún así, esta ocasión no estrecha importancia, por lo que deberá despojarse de diecinueve años y tres meses de costumbres aferradas en lo más hondo… irónico es el hecho de que sea por una mujer. Para su sorpresa, sin demasiado esfuerzo, pone de nuevo sus pensamientos sobre rieles y continúa:— y de una manera u otra siempre acabo cayendo en lo mismo. A pesar de que intente evitarlo, a pesar de que trate de ocultarlo… eres tú. Me estas desquiciando y, para mi mala suerte, no me importa. Debiste darte cuenta de que puedes hacer conmigo lo que quieras… dispones de mí en el sentido que se te ocurra, siempre estuve ahí cuando necesitaste algo, ¿o no? ¿Qué te hace pensar que no siento lo mismo? También tengo miedo, Evory, no soy de hierro… siento —deja caer la mano de su rostro, derrotado, ha dicho todo lo que estaba a su alcance y espera que ella capte el sentido, tanto de lo que dijo, como de lo que no pronunció en voz alta —. Estoy tan atado a ti que no importa qué pase a partir de ahora, podría morir feliz —musita y por último, roza sus labios con los de ella, simplemente esperando no recibir un golpe o un empujón. Sólo una retribución, o una simple mirada, porque es totalmente factible que un silencio entre ambos será más seguro y dirá muchísimo más que miles de palabras.

Two of the crowd || Hewitt-Miller.

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Evory llegó a su habitación y después de dejar su ropa, meticulosamente doblada, sobre la mesa auxiliar, se acostó en la cama. Con la espalda recta y los ojos clavados en el techo supo lo que venía, lo que venía con el castaño de ojos turquesas que tanto le interesaba.Cuando gozas de una salidable inteligencia emocional, puedes predecir si te vas al oscuro bosque de la depresión, o decidir si quieres cortar el asunto de una sola vez. Ev mantenía un control casi inhumano de sus emociones, y por primera vez, tratándose de alguien que no sea Ian, dejó que lo dominaran. Se sentía como un leve cosquilleo, de ésos que uno no querría experimentar a las doce de la noche y en una habitación desierta. Pero ahí estaba, era algo, ¿cierto? No era el infinito placer de unos ojos desesperanzados, eran ansias.Llevaba casi 4 días con la misma rutina, comer, escuchar música, una ducha, escuchar música…comer…era auto destructiva pero ¿Que más daba? No significada nada para ella. Parpadeo consecutivamente, trago saliva y se sentó en la cama.Ev se encontraba con las piernas cruzadas y la punta de los dedos de las manos tocándose, en la clásica postura de un pensador. Jugaba con sus dedos y en un punto comenzó a hacer ejercicios de gimnasia cerebral, por lo que se dio una bofetada mental. Sus pensamientos eran Frank y Frank…; y pronto sucedió lo que siempre sucedía y que más odiaba: Las ridículo sentimiento de las “Mariposas en el estomago” pero Hevory Hewitt era prudente, y no iba a dejarse guiar por los impulsos así como así, no iba a actuar sin sopesar antes la situación. Y como Jane Austen dijo una vez, el impulso de los sentimientos debe ser siempre guiado por la razón. No tomaba cartas en el asunto en aquél momento porque era orgullosa, soberbia, vanidosa, arrogante, insuficiente, engreída, presumida, ¿Que conseguiría con eso? Recalco en su mente, ¿Que ganaría con alejar a la persona que mas le importaba? Lo mismo que tenía aho . La soledad absoluta. Se mordió el labio mientras que se paraba de la cama de una manera vaga y camino por la habitación buscando su saco de lana. Tomó una bocanada de aire sólo porque era absolutamente necesario, y dirigió la mirada al reloj de su mesa auxiliar. Eran demasiado tarde y se aseguraba de que Frank estaría despierto a esa hora. Se puso de pie y giró sobre sus talones hasta enfrentarse a la puerta, tomó su móvil y se dirigió a la casa del ojiazul en la que llegaría seguramente pronto.

Ev desde siempre fue un ser vacío. Sin ambiciones o sueños, sin felicidad que sentir o tristeza por la cual permanecer en una habitación durante todo el día, sin un miedo que le recordara que estaba vivo. Era simplemente un cuerpo, sin nada dentro. De ello se percató durante una noche, mientras hablaba consigo mismo. Se dio cuenta de que no tenía a nada ni a nadie; de que si un auto lo golpeaba al día siguiente nadie iba a soltar una lágrima. Se dio cuenta de que, como sospechaba, no tenía ni nunca había tenido algo que perder. Entonces, ¿por qué no arriesgarse? Era hora de dejar esa cara amargada que degustaba a todos, ese humor tan amargo y su lado menos positivo. Era tiempo de que buscará la felicidad en vez de esperar a que venga. Desde lejos pudo divisar el hogar del pelinegro y junto al viento su piel se erizo. Era demasiado tarde para ceder y volver a su casa donde los mismos pensamientos no la dejarían descansar. Entonces antes de que pudiera darse cuenta o percatado noto que ya se acercaba a la puerta. Tocó la puerta unas tres veces en clave morsa y se cruzo de brazos tratando que evitar el frío, seguramente su tez estaría pálida. No le importaba. Primero que nada era poder estar bien consigo misma, lo que implicaba claramente a Frank. Miro el suelo, estaba débil, como vulnerable, no se veía capaz de humillarlo o usar su sarcasmo. Era un escudo que usaba con él. Para no sentir las mariposas nombradas anteriormente. Ahí estaba él.El joven adorable pero seco como ella. Tenía un rostro que irradiaba la mismísima paz aunque no se conozca, pero que a su vez, era dominado por la sequedad y seriedad que él había predicho la primera vez que habló con él. Evory se encontraba totalmente hipnotizada por la mirada del joven al que se enfrentaba. Tenía unos ojos tan vivos, que no podía despegar los suyos de éstos. Suspiro mientras que a regañadientes se negaba a ella misma que no lo vuelva vulnerable, ahora ella lo era, ella era la que venía hacía él. Raro ¿No? Las vueltas de la vida fueron en ese caso.─Frank ─ dijo sonriendo, mientras se descruzaba de brazos y acercaba a el con paso confiado hasta el borde de la entrada. Por comparación, era considerablemente que él más alto que ella.─ Hola, Frank ─, se corrigió, arrugando la nariz de un modo infantil y frunciendo el ceño, para luego dedicarle una sonrisa.─ Bueno, solamente venía a visitarte, ¿Interrumpo? ─ preguntó, clavando sus ojos en los de el. La voz de ella había sonado tan dulce e indefensa que hasta a ella le sorprendía.

Se remueve algo inquieto, estar en su presencia todavía le produce algo que no puede explicar con palabras sin hacerlo todo confuso, entreverado, y producir malentendidos. Se acerca a él, produciendo una especie de estela detrás de ella misma, ¿o se lo está imaginando? Sí, probablemente ese rastro de belleza detrás de ella misma está siendo simplemente un producto de su imaginación, de su mente anonadada después de un período de horas sin dormir demasiado largo. Arruga la nariz, y Frank sonríe a medias, sin molestarse en contestar de ninguna manera a ese saludo que en realidad fue formulado más por cortesía que por interés en una respuesta inmediata. Los siguientes gestos… ¿qué demuestran? Demuestran que esa que difícilmente pudiera sentir algo ante los ojos de Frank, siente nervios. Una emoción digna de rememorar en la gama tan limitada que han sentido ambos: algo de cariño, un poco de felicidad, celos, remordimiento. Se humedece los labios con la lengua y se hace a un lado en silencio, en una muda invitación a la chica de los ojos cansados. — ¿Si interrumpes? Por favor, sabes la respuesta a esa pregunta. Nunca molestas aquí Evory… comenta, cerrando la puerta detrás de ella cuando se decide a pasar e internarse con valentía en la casa tan sumida en sombras. Reclina la espalda contra la puerta de entrada, observando a la rubia con algo casi parecido a la fascinación… ¿qué será peor? ¿Ser culposamente feliz? ¿O ser otro de los tantos seres humanos que vagan por la Tierra sin completarse? Porque podría continuar como ahora, simplemente fingiendo que no le importa en absoluto su soledad y que las pastillas posterguen cualquier otro hecho que él se niegue a ver. O podría ceder, dejar de pensar en a quién le molesta tal o cual cosa y disfrutar de una tarde con la pequeña que le roba el hálito de vida, ver una película juntos, comprobar la textura de ese cabello rubio de aspecto sedoso, depositar en su frente un beso antes de que caiga dormida, quién sabe. Entonces posa sus ojos en ella y se da cuenta de que su piel cenicienta luce quizás un poco más desvaída de lo normal, sin ese color sonrosado precioso que la caracteriza. Se acerca un par de pasos y, hasta desde su altura puede notar las profundas ojeras que enmarcan sus bellos ojos. Roza con los dedos esas sombras violáceas que en ella se ven casi lindas, en un intento de gesto dulce, aunque extraño. — ¿Cómo estás, Ev? ¿No deberías estar dormida? —trata de no sonar paternal, mirándola a los ojos fijamente mientras su mano todavía reposa sobre su piel pálida. El tono que emplea puede ir dirigido más hace el novio, o simplemente un amigo demasiado preocupado, pero en Frank puede oírse casi adorable. 

Deja caer la mano, inerte a un lado de su cuerpo una vez más y ahoga un suspiro profundo. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo evitar la incomodidad de los primeros minutos de conversación sin sentirse terriblemente perturbado? Se aleja un par de pasos, casi la misma cantidad que avanzó momentos antes, pero en dirección a la sala, pero para a mirarla de nuevo. — ¿Cómo te escapaste? Digo, que yo sepa tienes padres… es tarde, ¿no? —dice, buscando con la mirada el reloj en la pared de la cocina, frente a él. Se está dando cuenta de que no tiene ni la más mínima idea de qué hora es— ¿Te ofrezco algo? —‘¿Amor? ¿Un abrazo? Quizás un golpe y luego una declaración de amor.’ Se pasa una mano por el cabello oscuro, a modo de regaño por sus propios estúpidos pensamientos… ¿por qué no puede pensar en otra cosa que no sea el hecho de que están compartiendo el mismo oxígeno? La única vez que pudo sentir a la niña tan cerca, fue cuando el puto ascensor se detuvo en medio de dos pisos… y eso fue hace demasiado tiempo. Y sí, él la considera una niña todavía, y esa es una de las contras que podría blandir en una discusión de pros y contras en su relación. Entonces, al igual que como cuando recién se conocieron y Frank simplemente era un idiota que ni siquiera sabía de qué manera alimentarse a sí mismo, se acercó a ella por detrás para quitarle el abrigo suavemente, aprovechando para, al mismo tiempo, rozar delicadamente la piel dócil de sus brazos. Acerca su rostro al de ella, desde su posición en la retaguardia, y se cuida de no ser muy brusco al pronunciar en un murmullo sordo, casi inaudible, junto a su oído. — Me gusta que estés aquí —se muerde el labio inferior y se aleja, dejando el abrigo de Evory sobre el respaldo del sofá más cercano. Se desparrama a gusto sobre uno de los individuales y pone los pies sobre la mesita frente a él. — Estás en tu casa, ponte cómoda, Ev… puedo llegar a sentirme rechazado —ríe, desacomodándose el cabello oscuro con las manos ligeramente, la vuelve a mirar. Se está volviendo realmente adicto a hacer eso, y no es sano. Sabe que no debería ceder tan fácilmente ante el enigma que ella supone, que no debería sentirse tan atraído y ligado a ella. Podría sentirse así con cualquier otra cosa, con cualquier otro ente que esté seguro de que no lo va a abandonar, ni hacerlo sentir mal. Pero la estrategia de la ignorancia como su mejor amiga ha fallado una vez más, no pudo resistirse ante esos ojos profundos y cayó como todo un idiota ante ella. Entonces frunce el ceño tenuemente, siguiéndola con la mirada mientras ella recorre el trecho que la separa del sofá y se acomoda como toda una dama, con total delicadeza. ¿Qué le atrae? ¿Qué lo hace sentir ese nudo en la garganta y el estómago comprimido? No lo entiende, no lo comprende ni tampoco lo sabe. Pero no hay problema con eso… no le importa— ¿Me serías sincera? —dice, en un murmullo y mirándola todavía fijamente, sabiendo el poder de influir en las convicciones de los demás que sus ojos azulados tienen—, ¿a qué viniste?

Two of the crowd || Hewitt-Miller.

Sus mundos son distintos. Pensar en ella puede remontarlo a otro tiempo que ahora parece muy lejano, cuando ella volvía a pisar Rainwood y él era un simple nuevo, otro más de tantos. ¿Cuál es la diferencia con el ahora? Ya no es el nuevo, pero sigue siendo uno más de tantos. Y se ve como si no pudiera mantener una conversación con ella sin, al final, quedar humillado por esa frialdad que la caracteriza tanto y tan bien. Hasta ahora le es arduo el trabajo de resistir y fingir que no le importa que ella le sea indiferente. Aún así, intenta lo más que puede. Clama por contener las ganas de gritarle que su forma de ser distante es insoportable y que lo vuelve loco, pero lo hace, muy en parte, porque sabe que él también es frío, también es cortante. Por eso no la culpa, porque sabe que la estocada con la que él la ataque hoy, mañana ella la devolverá como defensa propia y con algo mucho más doloroso. Porque Evory no parece estar prestando atención jamás, pero Frank es completamente consciente de que conoce el método perfecto para hacerlo, sino sufrir, arrepentirse. ¿Cómo lo sabe? Es mujer, nada más simple que eso. Esto, claramente, no quita que él también sepa hacerlo porque cree conocer a Evory y sabe qué temas no debería tocar con ella. Entonces cae en la triste cuenta de que su relación no se basa más que en un casi constante y plano estado de humor blanco, sin orientación a la felicidad o tristeza, entremezclado con resentimiento y la necesidad de saciar un poco el repugnante sentimiento de soledad que los embarga. Y a veces ha llegado el impensable límite de decir: “me voy a dormir porque me tomé las pastillas…”, y en realidad las pastillas yacían en el fondo del empaque, esperando a algo. El punto de esa pequeña mentira indefensa es evitar la incomodidad de decir: ‘¿cómo mierda no te das cuenta de que estoy tratando de acercarme a ti?”, dado que la reacción sería una simple mirada de indiferencia de esos ojos escondedores. ¿De qué? No lo sabe y ahí está el problema.

Lanza un suspiro de impotencia y vuelve a elevar los párpados que tiempo antes cayeron pesadamente sobre sus cansados ojos azules… y si al menos pudiera haberse quedado dormido, lo hubiera agradecido. Pero cuando el corazón dicen -¿o gritan?- cosas distintas, parece no haber tiempo para cosas tan mundanas como esa. Se pone de pie y vagabundea por la sala, comprueba que la descarga en la computadora se ha concluido una hora muerta atrás y, cuando ya no halla nada más que hacer, mira a su alrededor. La casa, su propio hogar, le da miedo. Lo asusta el hecho de que nadie parece vivir allí y, si lo hace, debe ser un fantasma, porque nada se ha movido de su lugar en días. Sube las escaleras, olvidando a Evory con cada peldaño ganado, cuando recorre el pasillo y vuelve a la planta baja, por fuera de ella en su mente puede darse cuenta de que ya no tiene sueño, pero tiene hambre. Se dirige a la cocina por un vaso de agua helada, que le da escalofríos y le aclara el pensamiento. Abre la ventana, para que se refresque el ambiente de la casa y puede oler la lluvia. Se sabe que el agua no huele de ninguna forma, pero la lluvia sí, tiene ese aroma especial a sal y humedad. Inspira profundamente, enviando el oxígeno casi hasta el extremo opuesto de su cuerpo. Se observa a sí mismo durante un par de segundos en su reflejo decrépito en una de las ventanas de la cocina, a pesar de haberse duchado y cambiado de ropa por otra más decente, se ve como si fuera alguien que atraviesa la peor de sus crisis. Quizás así sea. Entonces descubre que su capacidad de sorpresa sigue intacta cuando alguien golpea la puerta principal, frunce el ceño y camina sin hacer ruido hasta la habitación en la planta baja donde se concentran la computadora principal y las pantallas donde puede visualizar las tomas de cada una de las cámaras de seguridad desparramadas por toda la propiedad. La persona detrás de la puerta lo sorprende y traga aire abruptamente. ¿Habrá oído que está allí dentro? ¿Y si simplemente no le abre? No se siente con el poder de compartir su completa soledad con ella ni mucho menos lidiar con la posibilidad de decir o hacer cosas que los hieran a ambos. Pero… son amigos, son mejores amigos, ¿no? No debería haber roces, ni mucho menos incomodidad entre ellos. Cuando se da cuenta, está tan cerca de la principal que se está desesperando. Deposita la mano sobre el picaporte y tira hacia abajo rogando que no esté con ganas de pelear el día de hoy. Abre y la mira a los ojos, esos ojos amarronados más que verdosos, que pueden revivirlo o asesinarlo con una sola mirada, dependiendo directamente de la misericordia de su bella portadora. — Ev, ¿qué haces aquí? ¿Pasó algo?

I should stopped you from walking out of the door. || Miller-Simmons

american-psyycho:

Do the things that you always wanted to. Without me there to hold you back, don't think, just do.

Los ojos de Ian continúan en el vaso de cristal qeu aún tiene el líquido transparente por la mitad, y su cabeza sigue pegada a la fría madera de la barra. Sus movimientos de párpados son lentos, cada vez más cansinos. No sabe cuanto dinero ya ha gastado, pero siente que en cualquier momento no tendrá ni donde caer muerto. ¿Qué hora es? Con sumo esfuerzo mueve las orbes negras hacía el reloj de la pared de los baños, y le cuesta un vida entera enterarse la posición de las agujas; faltan diez minutos para que sean las tres de la mañana. Da un trago rápido a lo que le queda de bebida en el bvaso y escucha una voz que le llama “rubio”. —No quiero nada de ti, puta.— susurra. Y eso que tiene el dinero suficiente para sucumbir ante los placeres mundanos que una mujer con mala fama le puede dar. Pero es poder y no querer, en todas las expresiones. La mujer le blasfema, y se larga, e Ian permanece allí, sigue mirando el vaso vacío, como si allí se encontrara la respuesta a su vida, al sentido de esta, y a lo poco que le importa su propia salud física y mental, si desde hace prácticamente una semana entera que está visitando el mismo bar y dejándose llevar por los demás, que lo traen de aquí para allá metiéndole sustancias ilegales en el sistema y dejándolo medio inconsciente por allí. ¿Por qué, se está dejando matar lentamente, de esa forma? Porque es él, simplemente, un imbécil. Porque arruina cada cosa hermosa que el mundo le puede dar, y porque es lo único bueno que ha podido hacer jamás.

Necesita a Frank.

Quizás más de lo que quiere, pero le necesita y, realmente, le duele pensarlo. Le duele porque, realmente, sabe que no debería hacerlo. Suspira, y se pone de pie, como puede, tambaleando como una gelatina humana. Le da igual, también. Sigue intentando caminar hasta llegar al baño de chicos y es que, ciertamente, ya no se siente bien. Todos los pensamientos, más el mal aroma del bar, más las horas que lleva bebiendo y sin saber que es de él, lo están arruinando. Empuja a un imbécil que sigue quieto como un palo, y se mete dentro de un cubículo de baño. La puerta de afuera se cierra. Se agacha, porque no va a aguantar mas, y sí, vomita todo lo que le quedaba dentro. Sus arcadas retumban por todo el baño, y lo hacen sentir más solo que nunca. —Mierda.—alcanza a decir, antes de volver a hacerlo, y pega su cabeza a la orilla helada del retrete. Necesita algo frío. Respondería libremente con un otra cerveza, pero no puede. Está bastante ebrio y no va a poder soportar otra más. Ian no es el problema, ni si quiera lo es el tener que manejar de vuelta a casa -porque simplemente, ya no le preocupa su seguridad o la de los otros. La vida y la muerte no le suman diferencia-, si no por su estómago. No queremos que explote.  Y así es como, el chico que alguna vez solamente se preocupó por tener su regalo de navidad, se siente derrotado. Caído de guerra, asesinado por si mismo. —Frankie…—susurra. No debería, ni si quiera llamar a su recuerdo, porque él mismo fue el que corroboró el término de lo que fuera que fuera eso, más la amistad. Es su culpa, en sí. Por creerse que, quizás, con Frank todo estaría bien. Es su culpa por intentarlo hacer vivir su vida de esa forma. Que hijo de puta. 

Los amigos no son así. Tenía razón. No lo son.

Hace calor, demasiado calor. Incluso para Miller, que se ha acostumbrado a toda su infancia en Florida, el jodido estado del sol. Pero el punto no es el calor, ni tampoco la mierda de Florida, ni siquiera el hecho de que la música del bar era buena, sino la escapatoria de los problemas que, ante los ojos azulados del pequeño Frank, se vio terriblemente fácil y tentadora. ¿Por qué no aprovecharla, entonces, siendo que no se siente para nada bien consigo mismo desde hace bastantes, arduos y largos días? Siente como si algo le hiciera falta a la casa, al lugar donde merodea sus días, a él, a su vida, en general. Le hace falta algo que es tangible, y no es dinero, ni ropa ni materialismo, sino que le falta alguien, una persona, que por mucho tiempo dijo ser su mejor amigo y que desapareció días atrás, sólo dejándole como único regalo, una ventana rota con un presupuesto de bastante dinero para arreglarse. En el bar de mierda donde está, no existe otra cosa que no sea esa sensación de opresión en el pecho que lo ha perseguido durante todo el día, pegado a él como su jodida sombra. Ni siquiera ahuyentándola con litros de whisky que ha, pomposamente, ingerido en las últimas horas. Y los labios de la rubia que está a su lado le saben mal, ya no tienen ese sabor dulce arrebatador y el gusto de la nicotina le da náuseas y le trae viejos recuerdos, de otra mata de cabello rubio, más familiar y mucho más perfecta.  Una que muchas veces huele a café y cigarrillos, pero que ningún otro aroma del mundo podría igualar.

Jackson, que ha venido con él, toma su papel de hermano mayor medio responsable y le dice que deje de beber, que se vaya a casa y recupere algo de la sobriedad orgullosa que lo caracteriza, que él pasará la noche fuera con una mujer que Frankie ni se molestó en mirar, ni respondió. Si se va a casa ahora de seguro se hinchará en pastillas y morirá, casi no le quedan dudas de eso y no quiere irse. Pero la música le molesta demasiado ahora, se siente casi incapaz de seguir soportándola por mucho tiempo más, por lo que despacha a la rubia y va hacia el baño, chocando con un par de personas en el trayecto, pidiendo disculpas y sonriendo a una pelirroja para nada poco atractiva que lo atrapa unos segundos y a los dos minutos —¿o fueron quince?— ya lo ha metido al baño de hombres y se ha pegado a su cuerpo como una desquiciada. ¿Cómo se llama? ¿Se lo ha dicho? Porque no lo recuerda, de cualquier manera, duda que de habérselo dicho lo recordara, ya que no le importa demasiado. El ojiazul busca sus labios y la toma para acomodarla sobre el extremo de la fila blanca y helada de lavabos, viéndose a sí mismo como un desconocido en cada espejo. Pero algo lo hace parar esa frenética carrera hacia algún lado. Algo que no advirtió antes, alguien más en el baño. Un ebrio de seguro, pero al fin y al cabo otra persona. Se despega de ella que parece exasperada por la tardanza, ¿dónde ha quedado el Miller al que lo fácil le asqueaba? Lejos, hace tiempo de cesado y enterrado, escondido en el altillo de su casa con todas las cosas inútiles de su vida. Su buen gusto, su adolescencia, su completa heterosexualidad, el oso de felpa que fue un regalo de su ex novia, el certificado del curso en Alemania, cables, baterías extras, recuerdos de la infancia, en fin, completas idioteces.

— Eh, colega, ¿te puedes largar? —musita, y es él, pero no puede reconocer su propia voz. En ese espacio blanco en el que flota a la deriva, se le devuelve la acústica del nuevo Miller, no del freak, ni del groupie ni fana de los comics de Marvel, del otro al que nada le interesa, el que ha crecido y empeorado demasiado. ¿Dicen que con el tiempo se sienta cabeza? Bueno, pues, si él lo ha hecho, ha sido totalmente para peor. Abre la puerta detrás de la que parece estar el individuo y se sorprende al encontrarse con esa persona, con esa persona en especial. — Ian —murmura—, idiota, ¿qué mierda haces aquí? —se agacha junto a él y luego de pasarle un brazo por los hombros para levantarlo, le dice su número de teléfono a la pelirroja, que se va después de lanzar un bufido audible de derrota, pero no le importa. Es otra mujer, otra más de las tantas que hay en este planeta. Intenta sacarlo del bar, lográndolo después de un largo esfuerzo, claramente porque a nadie le importa si llevas un desmayado, una emergencia o un cadáver, te golpean como si no existiera nada más que sus putos egos. Pide un taxi, parece que el alcohol en sangre se ha desparecido, ha viajado y se ha esfumado como si de aire puro se tratara, ya no siente mareo, pero sí puede atisbar el sonido chirriante en los oídos por el volumen de la música. El viaje en el taxi se hace eterno, insoportable, tanto que no parece guardarlo en la retina, simplemente sale de un salto, dándole al taxista quién sabe cuánto dinero más del necesario y saca a Ian del coche con esfuerzo. — No te mueras ahora, solo déjame llevarte hasta la cama —dice, subiendo las escaleras y pateando la puerta de su propia habitación, llegando agotado a dejar a Ian casi delicadamente sobre el lecho. — Ian… ¿necesitas algo? ¿Me puedes hablar? Hijo de puta —gruñe, golpeándolo en el hombro, no puede contenerse, lo necesita vivo, ¡lo necesita!

Movies night || Frank y Maya.

maya-andrews:

-Lo es, a veces…-  sonríe, mirándolo, en realidad quiere estudiar cientos de cosas, quiere psicología, artes, teatro, música, pero sabe que no podrá con una sin que su vida se afecte por completo, así que eligió la mas atractiva y en la que creía que mejor le pudiese ir,  las artes no eran tan complicadas y se le daba bien, le gustaba pintar, dibujar, expresarse por medio de ello;- ¿ Códigos binarios?, eso es algo que debes memorizar muy bien, yo jamas les entendí por completo-  admitió la chica tímidamente, no quería parecer una estúpida ante Frank- Tienes que ser muy listo para memorizar esas secuencias numéricas-  dijo ofreciéndole una sonrisa, supone que estudiar no es para todos, de hecho ella nunca pensó en  querer entrar a la universidad, era algo que había surgido de la noche  a la mañana, un día despertó con ganas de asistir, comenzó a estudiar y hacer solicitudes.

-Esta bien-  sonríe y se estremece un poco al sentir el contacto de sus manos, si eso le causa una simple caricia no quiere imaginarse que le causara hoy un beso como el de el elevador, cada vez que lo recordaba no podía evitar sonreír- En realidad no, hasta cierto punto me frustra la torpeza de la chica- dice estudiando la película con la mirada,  nunca le gusto esa película que todas las chicas decían que era interesante y que el protagonista era el chico de sus sueños, por favor, era un vampiro que brillaba y procreaba hijos, eso arruinaba por completo cualquier contexto existente, aunque fuera puras historias ficticias ella prefería quedarse con la idea de Dracula, prefería ese tipo de historias- Me alegra escuchar eso-  sonríe, en parte lo dice de broma pero es cierto; cada vez conoce mas cosas de el chico que lo hacen mas atractivo ante sus ojos, le gusta como piensa, no es el tipo de chico al que esta acostumbrada, por eso resulta tan irresistible. 

Sonríe, siente los labios de Frank sobre los suyos en un beso fugaz, sonríe tontamente, desea besarle de nuevo, mira sus labios y muerde su labio inferior; regresa a la realidad cuando el chico le muestra Recuerdame- Jamas la vi, me dijeron que era triste pero nunca pude verla-  sonríe, es el mismo chico de la película que ambos detestan, las películas románticas nunca fueron su estilo o por lo menos nunca había admitido a alguien mas que las veía, siempre había creído que el amor te hacia débil, hasta que se enamoro, no quería recordar nada esta noche, así que miro a Frank- Veamos esa-  sonrió, dejo que el chico fuera a colocar la película y cuando regreso a sentarse a su lado recargo su cabeza en el hombro del chico, esperando que eso no le molestase o la rechazara. 

  Exacto, códigos binarios, siempre se me olvidan los nombres —sonríe, algo avergonzado de su propia idiotez, ¿se dan cuenta de que cuando dice que no está hecho para estudiar, es cierto? — En realidad… no sé, son fáciles. O quizás es que estoy por demás acostumbrado a ese tipo de cosas. —se encoje de hombros, es lo mismo, a ella no le interesa cuánta locura informática se cruce por su cabeza, por eso no la agobiará con ello. La observa mientras habla de la torpeza de Bella, la protagonista de la saga, ¡es tan cierto! ¿Por qué elegir la muerte antes que cualquier otra cosa? Entiende el sentido de que ‘el amor lo cambia todo’ pero, ¿no es demasiado querer morir por ello? ¿Desearlo? No entiende ese punto en especial de la película. Sonríe de lado cuando finaliza la frase, ¿se alegra de que no le guste la película? Tampoco es que jamás la haya visto, no recuerda bien, pero la tercera o cuarta película tenía unos gráficos bastante buenos. Nada, comparado con Steven Spielberg, pero ¿qué más da? Bueno para esa película.

Yo tampoco la he visto —murmura, analizando la contratapa, las gráficas e incluso el pequeño resumen del largometraje. Amor, ¿a quién se le ocurriría algo tan cliché? —, no vas a llorar… ¿verdad? No me gusta que llores, en realidad no me gusta que nadie llore, pero en concreto tú porque eres… no sé. Porque te quiero —confiesa, sin pensar en lo más mínimo en la confesión que le está dando. Pero, ¡si es verdad, joder! La quiere, porque le ha caído bien, porque le interesa que esté bien y porque… ni él mismo sabe las razones, pero el cariño no tiene fundamentos, ¿acaso no son impulsos eléctricos? Bien, entonces será que la quiere por los impulsos eléctricos, mierda.

Se pone de pie, algo atontado quizás y coloca la película, al comenzar los créditos toma el mando a distancia de la televisión y el DVD y se vuelve a sentar junto a ella, colocándolos en la mesita frente a ellos. Cuando la, actualmente, rubia, reclina su cabeza en el hombro de él, le pasa el brazo por los hombros, para acercarse un poco más. — Enserio, espero que no llores —sonríe, negando con la cabeza. Recuerda cómo se ponía cuando su madre peleaba con su padre y lloraba, a veces le entraban unas ganas de largarse que eran incontenibles… quizás un presagio del destino que acabó teniendo, ¿no? Al final se largó, sin más, harto de que lo asediaran y de los problemas.

Clava sus ojos en la pantalla, consciente todavía del cuerpo de ella junto al suyo y juguetea con los dedos algo nervioso. La primera escena de la película es una estación de trenes, ¿no es raro? Se convence a sí mismo de que es totalmente normal, que quizás algo más suceda. Que extraño… —murmura, mirando fugazmente a May de soslayo— ¿te imaginas cómo puede acabar si comienza con una estación de trenes? Yo, realmente, no. Escucha… tengo problemas de concentración, ¿sabes? Suelo hablar de más durante las películas, así que si te molesto, simplemente dímelo. —niega con la cabeza. El hacker tiene problemas de atención, qué típico.

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